Cargando
página
Mostrando entradas con la etiqueta erótica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta erótica. Mostrar todas las entradas

Romancero gitano, me la coges con la mano


Amaba el gitano Antonio
a una hermosa gitana
que en las noches de verano
siempre dormía sin pijama.

Pedro Serrano, una noche,
corría por una vereda
montado sobre una moto
cuando se pinchó una rueda.

El camino estaba cerca
de unas cuantas cabañas.
Si no pedía pronto ayuda
sería pasto de alimañas.

Se acercó con gran cuidado
a una de las chabolas
y al mirar por la ventana
vio a la gitana en bolas.

Al ver a la tía en sombras
se quedó prendado el payo;
«pero vería mejor —dijo—
si me iluminara un rayo.»

La luna que oyó su ruego,
al sentir que la adoraba,
descubrió con luz su cuerpo
y al tío le cayó la baba.

Al disiparse lo oscuro
quedó visible su pecho
excitando a aquel mirón
que no era ningún estrecho.

Al ver brillar, por la luz,
aquel buen par de melones
la sangre hirvió en sus venas.
Se le hincharon los cojones.

Aquel miembro inflado estaba
a punto de reventar.
Para calmarlo debía
a la moza deshonrar,

pues en aquella chabola
cuarto de baño no había
para calmar sus ardores
dándose una ducha fría.

Si ésto el novio supiera
no lo tomaría a broma,
pero qué podía hacer él
viendo aquella tía jamona.

Sus partes nobles pedían
a rabiar aquella ofensa,
su picha iba a estallar
pues ya la tenía muy tensa.

«Que Dios me perdone —dijo,
entrando por la ventana.—»
Si se enteraba el gitano
lo pasaría mal mañana.

Pero ahora deseaba
pasarlo divinamente,
pues la tía creyó soñar
y le siguió la corriente.

Pedro Serrano pensaba
que era un hombre afortunado
mientras clavaba su hombría
en aquel coño mojado.

Disfrutaban del amor
envuelto el uno en el otro
y aquel payo ganador
se portaba como un potro.

Sus jadeos y suspiros
templaron el aire frío.
De pronto la pava dijo:
«¡Este hombre no es el mío!»

Pero al verse consciente
en aquella situación
sopesó las circunstancias
y cambió de opinión.

«Qué más da si pierdo el virgo
ante un hombre tan dotado.
Seguro que en este caso
lo que hago no es pecado.»

«Prosigue tu faena. —dijo—
Clávame otra vez tu estaca.»
Y se pasaron la noche,
saca y mete, mete y saca.

Después de tanta movida,
Pedro sintió un espasmo;
ya le faltaba muy poco
para llegar al orgasmo.

Estaba pensando entonces:
«¡Ésta es mejor que Merche!»,
cuando oyó una voz de hombre
y se le cortó la leche.

Era Antonio que había ido
a ver a su nena hermosa,
que con aquellas dos tetas,
podía pasar cualquier cosa.

«¿Qué estás haciendo, cerdo?
—dijo abriendo una navaja—
Te voy a cortar la picha
en un montón de rodajas.»

«Me está haciendo una mujer.
—dijo ella interviniendo—
Él es más hombre que tú.
Ya puedes salir corriendo.»

«¿Qué está diciendo esta tía?
—pensó Pedro para sí—
Esto se pone muy feo,
sobre todo para mí.»

Antonio ya estaba ciego
y acercándose a su amada,
en un ataque de celos,
le pegó diez puñaladas.

Pedro, al ver correr la sangre,
se tomó un vaso de vino
y, al encontrarse mejor,
le reprochó al asesino:

«¿Pero qué has hecho, cabrón?
Ahora no podré acabar.
Para bajar la hinchazón
me la tendré que cascar.»

Y agarrando una escopeta,
que había sobre la mesa,
le pegó un tiro en el vientre
y brotó la sangre espesa.

El disparo resonó
como el cañón de un soldado.
La gente se despertó
preguntando: «¿Qué ha pasado?»

Pedro escapó corriendo
cual relámpago en la noche.
Huyó hacia la carretera
para parar algún coche.

Oyó que alguien gritaba:
«Alto a la guardia civil»;
pero él seguía corriendo
para alejarse de allí.

«Alto te digo, imbécil.
—gritaba un guardia con barbas—
O te paras ahora mismo,
o te pongo a criar malvas.»

«Ahora verás —dijo el guardia
viendo su gran morcillón—
Si le doy donde yo quiero
crearé el tiro al pichón.»

Se oyó de nuevo un disparo.
Una bala cortó el viento.
Le atravesó el corazón.
Sólo sufrió un momento.

Y la luna avergonzada
al ver herido su pecho
lloraba desconsolada:
«¡Dios mío, pero qué he hecho!»

Las lágrimas derramadas,
se convirtieron en perlas
y si miras hacia el cielo
todavía podrás verlas.

Remigio Tocón, Ginecóñogo


Desde muy temprana edad, Remigio Tocón de las Partes Nobles, insigne ginecólogo del siglo de las luces antiniebla, se había sentido vivamente interesado por la cambiante anatomía femenina. Exploraba a sus compañeras de colegio tan a fondo que las desvirgaba. Sus padres habían recibido, por aquel entonces, varias denuncias contra él por acoso sexual o, acaso, casi sexual, ya que no siempre era tan exhaustivo en sus reconocimientos exploratorios.
En su adolescencia se enamoró de una bella enfermera a la que pretendía provocarle un embarazo, para ver si se cabreaba; pero, como ésta no le correspondía, decidió estudiar ginecología por correspondencia y se matriculó en el curso correspondiente, que era lo que correspondía. A los pocos días, unos doscientos veintitrés días aproximadamente —por aquel entonces Correos estaba fusionado con la ONCE y los carteros hacían el reparto a tientas y a loquias—, recibió en su domicilio los cuarenta y dos tomos de que constaba el curso, los cuarenta y dos cuadernos de ejercicios respectivos y una embarazada a tamaño natural completamente gratis.
Quedó decepcionado porque una casa de la competencia ofrecía exactamente lo mismo por el mismo precio pero la mujer la entregaban completamente virgen, lo cual era mucho más estimulante. Aunque tampoco le convenía quejarse, ya que otros cursos por correspondencia no ofrecían más que una muñeca de plástico con dos gemelos en su interior, lo cual difería bastante del sistema real de dar a luz, y el curso que él había comprado era eminentemente práctico. Tenía que serlo si quería llegar a ser un gran ginecólogo.
El curso era muy educativo y ameno (ameno mal que era educativo, ¡por aquel precio...!) pero los antojos de la embarazada eran de lo más pintoresco. Entonces comprendió las ventajas de la muñeca de plástico; pero aquel curso hubiera resultado demasiado caro para su modesta economía. La susodicha (la economía no, la embarazada) no tenía los clásicos antojos de las fresas con nata, sino que su imaginación era tan creativa que pedía cosas tan extravagantes como un baño cotidiano en leche de almendras.
Para dicho baño, nuestro amigo Remigio, había comprado un rebaño de almendras lecheras, a las que ordeñaba cada mañana. Como de una almendra se puede obtener muy poca leche, se levantaba a las cinco de la madrugada —una hora menos en las impuntuales islas Canarias, que siempre van con retraso— para comenzar el ordeño y tener el baño a punto y seguido para cuando se despertara la embarazada, a la que había bautizado con el bonito nombre de Concepción Intrauterina Prolongada Nueve Meses pero, como era un nombre muy largo, la llamaba cariñosamente «la preñá».
Después del baño —antes hubiera sido imposible debido al olor— le realizaba una cotidiana exploración bastante meticulosa y a continuación le decía para animarla un poco: «Esto marcha estupendamente, Conchi». A lo que ella contestaba muy amablemente: «Gracias, doctor, por la parte que me toca», que no era otra que la que ustedes están pensando, naturalmente. Y es que Remigio seguía siendo un sobón de cuidado.
El embarazo avanzaba a pasos agigantados, pues la embarazada gastaba un cincuenta y dos, y los antojos eran cada vez más difíciles de satisfacer. Como aquella vez que insistió en realizar un viaje espacial para ver las estrellas; las estrellas, las vio, pero hubo que sustituir el viaje espacial por una llave inglesa. O aquella otra, que se empeñó en dar la vuelta al mundo; hubo que comprarle un globo terráqueo para que lo rodeara cuantas veces quisiera. En otra ocasión se empecinó en que quería una mascota para cuando naciera el niño, quería un elefante africano; tuvo que conformarse con un zulú vestido de smoking (bueno, ¿qué más da elefante que elegante?). Otra vez quiso un trenecito para que cuando naciera el bebé pudiera jugar con él; tuvo que intervenir la policía para que devolviera el talgo; solo pudo devolver la mitad; la otra mitad la había triturado para hacer polvos de talgo. Hubo que explicarle que los polvos de talgo consisten en hacer el amor en un coche-cama y lo que el niño necesitaría sería polvos de talco, ya que el tren triturado le irritaría las partes, y lo del coche-cama tendría que esperar hasta la mayoría de edad.
Remigio, que seguía el curso con un vivo interés —hasta que se le murió y tuvo que seguirlo él solo— tenía un olfato extraordinario para los problemas clínicos. Llegada la hora del parto, nada más sacar la nariz del útero, sentenció:
—Este niño nacerá por los pies.
—¿Está seguro, doctor? —Preguntó la embarazada.
—Indudablemente, ahí dentro huele a queso.
Se presentó, con una reverencia extravagante, un parto prematuro. Se hacía imprescindible practicar una cesárea. Cuando Remigio le explicó a la parturienta de qué se trataba, ésta se indignó, hizo las maletas y, desde el quicio de la puerta, se despidió irritadísima: «Que tenga que trabajar para la universidad a distancia, pase, pero que me rajen la barriga para dar a luz, ni soñarlo. Para eso, que tenga el hijo tu padre». Y, dicho lo cual, se marchó dando un gran portazo.
Siguiendo el consejo de la parturienta, Remigio se fue a ver a su padre, que era obispo de la diócesis, o diocesiete, y le preguntó directamente:
—¿Cuantos eran los reyes católicos?
—Dos: Isabel Pryesler y Fernando Fernán Gómez.
—¿Quién escribió «el Quijote»?
—El manco de Lepanto: Miguel de Cervantes. La escribió con una Olivetti rellena de anchoetti, tecleando con los dedos de los pies.
—¿En que año descubrió Colón América?
—En mil cuatrocientos noventa y dos. La descubrió en un garito de mala muerte pero la llevó al Paralelo y allí la hizo famosa como vedette a tomar por saco con la célebre revista «go home, americones, no nos toquéis los... aviones».
—¿Como se llamaban los hermanos Max?
—Por teléfono: ponían una conferencia a cobro divertido.
—¿De qué color era el caballo blanco de Santiago?
—Azul, con unas rallitas doradas en el cuello y purpurinas de colores en las crines.
—Papá... ¿tu puedes dar a luz un bebé?
—Claro, hijo. Enseguida te hago uno.
Y tras decir esto, se arremangó los hábitos, se sentó en cuclillas y, haciendo grandes esfuerzos corpóreos, cagó uno por las nalgas cuando ya tenía la cara como un tomate maduro. Remigio, ilusionado, se acercó al neonato; pero al observar que era bizco, feo, cojo y jorobado, exclamó decepcionado:
—Pero... papá, este niño es una mierda.
A lo que el padre respondió indignado:
—¿Y qué esperabas, que cagara una tarta de chocolate con guindas?
Desgraciadamente, unas semanas más tarde ocurrió un suceso nefasto. La sirvienta del ya doctor Remigio, aprovechó para cambiarle los pañales al niño mientras preparaba la cena. Al comprobar ésta (la sirvienta, no la cena) que no quedaban polvos de talco, le espolvoreó al bebé un kilo de harina y, en un descuido imperdonable, lo rebozó en la freidora. El desenlace no se descubrió hasta el día siguiente, cuando la criada fue a dar el biberón al niño y advirtió, con gran extrañeza, que lo que sostenía entre sus brazos era una merluza de cuatro kilos.
Sin embargo, a pesar de estos comienzos tan dramáticos, el doctor Remigio Tocón llegó a convertirse, con el tiempo y una caña, en uno de los mejores pescadores de bebés del siglo y en toda una eminencia dentro de su campo (se me había olvidado comentar que el doctor Remigio tenía un huerto en las afueras).

Primitivo Casanova


El homo erectus, era un conquistador primitivo que vivió durante el Paleolítico en un ático dúplex, excavado en la roca de una montaña, que usaba como picadero. Era llamado así por su desmedida potencia sexual y su considerable «herramienta» de trabajo, la más notable entre los de su especie. Su pisito disponía de las más destacadas comodidades de la época: agua corriente cascada abajo, agua caliente a 380 grados procedente de unas termas, sauna, gimnasio, calefacción a chimenea, enmoquetado con piel de oso, vistas al sur, soleado todo el día y céntrico.
Algunos investigadores no se ponen de acuerdo en cuanto a las técnicas usadas por el homo erectus para sus conquistas, pues son de distintos países y hablan diferentes lenguas. Nosotros mencionaremos la teoría más razonable y comprensible de todas ellas, la del profesor Leónidas Pleoceno, uno de los investigadores que más dedicación puso en resolver este enigma a lo largo de toda su vida y cuyo trabajo le valió el premio Nobel de gastronomía en 1948.
Según el profesor Pleoceno, el homo erectus galanteaba a sus concubinas con un garrote de madera de abedul del nueve largo. El cortejo incluía frenéticos golpes con el garrote sobre el cráneo de la maciza de turno con la intención de amansarla convenientemente. Una vez amansada la ponía a resguardo de inoportunas interrupciones dentro de la caverna, para mayor intimidad, y se pasaba allí toda la tarde realizando una proeza tras otra, todo ello sin red y a cara descubierta, al igual que el resto del cuerpo.
Era tan impresionante el espectáculo copulativo que atraía la atención del resto de los homínidos, y se reunían frente a la entrada de la cueva para espiar las acometidas de su destacado congénere, envidia de todos ellos. De todas las partes nobles del continente acudían, para dar fe de tamañas proezas, las más distinguidas especies de la Creación: el hombre de Cromañón, el hombre de Sava, el hombre de Neandertal, el tercer hombre, el hombre del saco, el hombre lobo, el hombre por dios, y muchos otros hombres más que llegaban hasta allí atraídos por una sana curiosidad, que más tarde enfermó provocando una epidemia de cagaleras que se extendió hasta la Atlántida.
Un día se produjo la evolución natural después de tanto abuso y el homo erectus pasó a denominarse homo fláccidus, ya que el agotamiento de una vida desenfrenada había comenzado a hacer mella en su organismo. El pobre mellado vio desaparecer con estupefacción sus dotes de semental y se convirtió en pieza de museo antropológico al comprobarse que ya no le servía más que para evacuar los líquidos sobrantes de los procesos de asimilación de nutrientes. Vamos, que ya no le servía más que para mear. Eso sí, el homo flaccidus tenía una gran potencia meatoria.

La «Sangrada» Familia

José Palomares Pardillo regentaba una tienda de bricolage en la ciudad Palestina de Nazaret. Los arbitrios futboleros de la declaración por módulos eran tan caros que le abrumaban. Se veía, por ello, obligado a cobrar dinero negro, amarillo y moteado por algunas de sus chapuzas, para poder pagar el alquiler a fin de mes. De no hacerlo así, el casero, que era uno de los arbitrios futboleros que siempre pitaba a favor de su equipo, les pondría de putitas en la pata calle, y José con minifalda estaba horroroso.
La situación era tan precaria que su esposa, María Inmaculada Doncella Impoluta, también se veía obligada a contribuir al desarrollo de la economía familiar vendiendo a domicilio los prestigiosos productos, cocientes y restos de la afamada casa Avión. Llevaban poco tiempo casados y ya empezaban a arrepentirse con tanta penuria y dificultades como pasaban.
—Si al menos nos tocaran los ciegos –decía María desconsolada.
—¿Es que no tienes bastante con tu Pepe? ¿Acaso no te manoseo yo lo suficiente? –Se indignaba José.
—No, si yo me refería al cuponazo ese del copón.
Tal era la desesperación de María, que un día, mientras José trabajaba en la tienda, construyendo una galera a base de mondadientes, decidió que ya había sufrido bastante y abrió la espita del gas dispuesta a meter la cabeza dentro del horno, como hacían los domadores de cocinas; pero el gas no salía porque hacía tres meses que no pagaban y Catalana de Gases les cortó el suministro de energía y medio ambiente. En lugar de gas, un humo blanquecino brotó de los quemadores invadiendo la estancia y materializándose en el cuerpo de un hermoso ángel de alas resplandecientes y cabellos dorados.
En cuanto María se fijó en su cabellera, corrió al cajón de la mesa de la cocina, sacó unas tijeras de cortar pollo y empezó a pegarle trasquilones hasta dejarlo más pelón que el famoso caramelo empalado. El ángel no cesaba de repetir entre sollozos: «mis ricitos, mis ricitos», mientras que María por su parte gritaba loca de contento mientras guardaba los rizos áureos en una taleguilla que usaba para ir a la panadería a por tabaco: «¡qué bien, por fin podré comprarme la lavadora automática con estos rizos de oro!».
—No seas tan materialista que estoy aquí por un asunto mucho más transcendental que los simples bienes mundanos: vengo a hacerte un importante anuncio.
María salió corriendo, a toda prisa, hacia el cuarto de baño.
—Pero, ¿dónde vas, desgraciada? ¡Que me dejas con la palabra en la boca!
—Perdón, es por la costumbre: yo, siempre que vienen los anuncios, aprovecho para ir al cuarto de baño a evacuar mis aguas menores. Si no, luego pierdo el hilo de los culebrones y me desespero porque no puedo pegar la hebra con las vecinas.
—Yo sí que estoy desesperado... y eso que sólo llevo aquí dos minutos. ¡Pero qué encarguitos me manda el Hacedor! He venido a hacerte un anuncio, pero no un anuncio comercial sino a darte una buena nueva.
—Ah! Tú eres el presentador del Telediario.
—No, hija, no. Yo soy el arcángel Gabriel y he venido para anunciarte la llegada del Mesías. –Y con voz impersonal añadió– : Por vía uno, andén tercero, va a efectuar su entrada el Mesías (dentro de algunos días). Tiene parada en todas las estaciones y apeaderos y viene a redimir al género humano de sus pecados.
—Y, a mí, ¿qué me importa eso?
—Tú serás quien lo engendrarás, y lo llevarás en tu vientre hasta el día de su nacimiento.
—¿Yo? ¿Preñada? ¡Pero si mi Pepe es más impotente que Matusalén!
—No será José quien te fecunde, tu concepción será por obra y gracia del Espíritu Santo.
—Sí que tiene gracia, sí. Bueno, ya me tienes más que harta. Ya te estás largando de aquí con viento fresco, que me tienes hasta las narices con tanta tontería.
Y dicho esto empezó a sacudirle con una escoba hasta que se convirtió en polvo de nuevo y salió huyendo, como alma que lleva el diablo, por entre las rendijas del extractor de humos.
María cogió su muestrario de productos, cocientes y restos Avión y salió a la calle dispuesta a ganarse el sostén, que tenía ya las glándulas mamarias muy caídas. Su primer cliente de la tarde fue un hombre muy amable y distinguido, pues tenía un lunar fosforescente en la nariz que se distinguía a media legua. Este hombre tan relamido (al tener media legua tenía que lamer dos veces), después de mostrarse dispuesto a comprarle una loción para después del afeitado en supositorios, la invitó a tomar un té con pastas. María accedió encantada, pues todo lo que fuera llevarse algo a la boca era bien recibido.
La pobre María no sabía lo que le esperaba: el cliente resultó ser un maníaco pervertido que aprovechó las necesidades de sed y alimento de María para acosarla sexualmente, violarla sexualmente y embarazarla, naturalmente.
—Pero, por Dios, ¿qué me hace usted?
—Eso, eso. Por Dios, y en el nombre del Espíritu Santo, yo te inauguro y te vuelvo a meter el puro.
—¡Dios mío! Luego era verdad lo que dijo el arcángel.
—Así es, palomita. Te voy a hacer un hijo que será el redentor y salvador del mundo cristiano. Y a propósito de ano...
—No, por favor, ¡que tengo almorranaaaayyyy!
La pobre María sufrió toda clase de vejaciones y jovenciones durante varias horas seguidas, seguidas por un detective privado, como el WC. El Espíritu Santo estaba hecho un verdadero semental. Más tarde, mientras echaban el pitillo:
—¿Y qué le diré a mi marido? Se sorprenderá cuando me vea el bombo.
—Dile que se ha obrado en tu cuerpo un milagro divino de Valdepeñas: la concepción, sin pescado ni marisco, del hijo del hombre, el salvador de las almas fieles, el rey de los cristianos.
—¿Y tragará?
¡Qué iba a tragar! Era cornudo pero no gilipollas. Después de pegarle una buena zurra a su mujer, por zorra, imploró a Dios, que estaba en las alturas, como de costumbre, y le expresó sus quejas.
—Señor, mi mujer me la ha pegado con otro.
—Y tú le has pegado a ella, insensato. Si pierde a la criatura, mi venganza será terrible.
—Pero, ¿es que os ponéis de parte de esta adúltera, Señor?
—Indudablemente. Todo esto es obra mía. Debido a tu impotencia crónica copulativa María no podía concebir hijos. Es por ello que decidí hacer una fecundación in vitro con mi propio semen a través del Espíritu Santo. Si todo sale bien espero conseguir el premio Nobel antes de jubilarme de júbilo.
—¿Y qué pinto yo en esta historia?
—Tú serás el impotente cornudo que se hará cargo de la educación del pequeño hasta que éste adquiera la edad y los conocimientos necesarios para predicar mi doctrina por todo el mundo. Su misión será difundir mi Verdad, crear una institución religiosa, abrir sucursales y vender Biblias a domicilio como churros.
Cuando ya estaba próximo el nacimiento del redentor, José y María tuvieron que salir cagando leches de Nazaret: Hacienda había descubierto el fraude de la tienda de bricolage y el pretor Carlus Solchagum Melaspagarás les perseguía para «pretarles» las tuercas, como buen pretor que era.
Fueron a refugiarse en un pesebre abandonado que encontraron en una ciudad que se llamaba como mi prima: Belén. Allí permanecieron varios días esperando el nacimiento de la criatura, mientras María buscaba un nombre que ponerle y José se dedicaba a satisfacer todos sus antojos, también llamados prismáticos o catalejos.
Por fin María rompió aguas… ¿o fue Moisés? El pesebre, a pesar de ser gratis y estar exento de contribución territorial urbana, era muy frío y húmedo; por eso en cuanto el pequeño asomó la cabeza entre las piernas de su madre empezó a estornudar convulsivamente.
—¡Jesús! –Dijo la madre.– Ya está, le llamaremos Jesús. ¡Qué buena idea!
Unos pastores que pasaban por allí, alertados por los estornudos, se acercaron para ofrecerles unas hojas de menta y eucalipto para que le hicieran unas infusiones, que ellos tenían que madrugar y querían dormir tranquilos. ¡Pues lo tenían claro! porque un ejercito de angelitos comenzó a bajar de los cielos tocando toda clase de instrumentos de viento, cuerda y percusión. Cornetas, arpas y timbales para celebrar la llegada del niño Dios. Estuvieron armando gresca, desarmándola de nuevo, volviéndola a armar y comiendo polvorones hasta las cinco de la madrugada, lo que puso de muy mala leche a los pastores y, sobre todo, al rebaño, que era un grupo de ovejas muy limpias que se bañaban y rebañaban cada tres cuartos de hora.
Días más tarde, guiados por una estrella del music-hall que tenía unos pechos firmes y disciplinados, se presentaron los tres Reyes Majos (Robert Redford, Paul Newman y Sidney Poitier) para hacerle unas ofrendas que habían comprado en el rastro mientras viajaban disfrazados para no dejar rastro de su rostro: Oro, del que cagó el moro, después de padecer estreñimiento durante tres meses; incienso, luego existo y birra Kronenburg en litronas de a litro.
Cuando el rey Herodes Tejodes Malauva, soberano del reino, conoció la noticia del nacimiento del nuevo rey, que corría de boca en boca a punto de batir el record del mundo, pilló un CABREO mayúsculo y emitió un bando gutural en el que mandaba ejecutar a todos los recién nacidos, ya fueran niños o ancianos, para evitar la competencia des-Real. José y María, alertados por el arcángel Gabriel, que se presentó con una peluca monísima para advertirles sobre las malvadas intenciones de Herodes, salieron huyendo (u viniendo, según se mire) con rumbo desconocido, hacia Egipto, luego pienso, compuesto, para gallinas.
Y colorín colorado, si no es rojo, es encarnado. ¡Vaya trola te he contado!


Esta historia no pretende ser irreverente, sólo desmitificar el «milagriiito». Cualquier parecido con la realidad es pura barbaridad.



Clica en las flechas para ver más páginas