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Las Corridas de Toros


Hola, teneis ante vosotros a un «pringao» con un marrón: hablar a un público desconocido sobre las corridas de toros como un ejercicio de oratoria expositiva. Por suerte, considero que es un tema que, para tratarlo, no se necesita tener una capacitación especial, ya que se reduce a una cuestión de moral y humanidad.

Como niño de pueblo andaluz que fui, pronto me quedó claro que no debía encariñarme demasiado con las gallinas, ya que en cualquier momento podía llegar mi padre, rebanarle el pescuezo a una, sin contemplaciones, y acabar en pepitoria sobre la mesa familiar.

Y es que la gente de pueblo parece ser más capaz de tomar distancia y no ver la personalidad entrañable del animal, que todos la tienen, hasta los más feos. Ellos los ven de una manera más práctica. Más a su disposición para lo que les sea conveniente a ellos.

Por lo que respecta a las corridas de toros, me gustaría opinar sobre tres pilares que considero importantes en esta cuestión. A saber:
La fiesta nacional, o cómo nos proyectamos al mundo
El arte de la tauromaquia y
El arraigo de las tradiciones.

Voy a prescindir de recursos gráficos ya que considero el tema muy conocido y no lo creo necesario. Quien más quien menos tiene sus imágenes y recuerdos sobre el particular.

La fiesta nacional es un tópico muy extendido sobre nuestro país. Si le preguntas a un inglés, te dirá:
— Oh, yes, España. Paella de patatas.
— Johnny, ¿qué dices?
— Oh, yes, yes. Tortillo del Piquillo.
— Johnny, frío, frío.
— Oh, yes, yes. Corridas de toros. Olé.
— Bueno, Johnny, te doy un cinco y medio en españolidad.

En fin, que ya veis que es algo muy conocido. Pero qué imagen estamos proyectando realmente ante el mundo civilizado. Sale un tío, vestido con unas mallas de colorines ante el ruedo internacional, se quita la montera, saluda al respetable y grita: «semos más brutos cun arao, pero estamos orgullosos de ello». Así es como yo lo veo.

Y es que estos taurófilos no parecen tener miedo al ridículo, ni vergüenza de quedar ante el mundo como cavernícolas modernos. Es como aquel brasas en la discoteca que ya ha sido rechazado por la chica mona de turno, con indirectas, evasivas, hasta con malos modales y cuando ella ya dice hastiada «me marcho» el otro todavía es capaz de decir «¿a tu casa o a la mía?»

Cambiamos de tercio y nos vamos al tema del arte de la tauromaquia. Es evidente que hay que ser un gran artista para crear un monumento como Mónica Bellucci, bendito sea Dios, pero ¿hay arte en la tauromaquia?

El mundo del toreo está rodeado de grandes alardes de arte y artesanía. En los caros trajes de luces y en los vistosos adornos que puedan lucir los toreros hay muchas horas de creación y dedicación. Pero en cuanto el toro sale por el portón del burladero comienza ante los ojos de los asistentes otro arte muy diferente en el que fueron grandes maestros los orientales con sus prisioneros de guerra: la tortura.

Un arte que consiste en prolongar el sufrimiento de la víctima, no ya para que delate sus debilidades bélicas sino para prolongar el lamentable «espectáculo» al que es sometido el animal. Un protocolo muy elaborado y dosificado del martirio aplicado con profunda ciencia y sabiduría.

Un ensañamiento progresivo que culmina con la exaltación y celebración del crimen de una víctima inocente, que se ha defendido como ha podido estando en clara desventaja. Humillada y tratada con desprecio y prepotencia a lo largo de todo el proceso.

Aquí no hay ninguna igualdad de posibilidades. En cada corrida mueren seis toros y, muy de vez en cuando, algún torero. Las estadísticas cantan. Esto no es el circo romano, aunque se hable de arte y honor es algo mucho más rastrero.

Un nuevo cambio de tercio y nos enfrentamos al arraigo de las tradiciones. La tradición es algo que se hace por la inercia de la costumbre pero que llega un momento histórico en el que se abandona y se evoluciona.

Cuando éramos monos era tradición vivir en los árboles pero llegó un día que empezamos a cobijarnos en cuevas. Y, de nuevo, esa tradición se abandonó para construir cabañas en sitios concretos que resultaban de interés para la tribu.

El toreo, hoy, ya es algo retrógrado; una reminiscencia del salvajismo pueblerino donde los conflictos se dilucidaban a pedradas.

Si, a lo largo de la historia, hemos reconocido derechos a negros, mujeres, gays, etc. es lógico pensar que es una simple cuestión de tiempo que se acaben reconociendo los derechos de estos animales y se terminen con estas prácticas tan bárbaras.

En algunos sitios ya no se consiente la explotación animal como parte de un espectáculo. Ni en un circo, ni en los espectáculos ambulantes con su famosa cabra a ritmo de pasodoble y hasta las corridas de toros han sido prohibidas en ciertos lugares. La suerte está echada, ya tenemos precedentes. Y resulta muy evidente, además, que este «negocio» hoy día no se sostendría si no fuera por ciertas subvenciones culturales muy discutibles.

Como seres evolucionados, debemos respetar a los animales y sus vidas como hemos aprendido a respetar a otras personas. Tengo la esperanza de que, pronto, las corridas de toros serán un recuerdo lejano del pasado. Muchas gracias.

Trisa


(Diario personal de Øriôn Mörluc, 12 de Ambis de 3127)

Hoy he vuelto a añorar aquellos lejanos atardeceres en Digital City. Debe ser que me estoy volviendo, inevitablemente, viejo. Recuerdo que mi trisabuelo me llevaba de su anticuada mano de cinco dedos por el pulcro laberinto de calles de mi ciudad natal. El atardecer duraba varias horas. El sol parecía rodar lánguidamente por el horizonte, sin ninguna prisa, hasta que al final se ocultaba para dejar paso a la noche estrellada.

Durante el ocaso, los cálidos rayos del astro teñían de oro las estructuradas edificaciones, las ordenadas avenidas y las geométricas plazas. También nuestros felices rostros gozaban de aquella cosmética transformación. Mi "trisa" aprovechaba aquellos agradables paseos para contarme sus interminables batallitas de juventud, algo que ahora comienza a sucederme a mí. Debe ser por la avanzada edad que empiezo a ver con claridad cristalina los sucesos más lejanos, cuando soy incapaz de recordar lo que hice ayer. Parece como si el peso de los años acumulados te hiciera echar la vista sobre tus primeros pasos alejando tu atención del patético presente.

Mi "trisa" vivió muchos años, aunque no tantos como los que este viejo cuerpo mío acarrea ya encima. Podría haber vivido muchísimos más si no fuera porque su descuidado carácter no se lo permitió. Su lema era más la diversión que la precaución. Así fue como un fatídico día sufrió el imperdonable desliz de olvidar conectarse a la red para recargar sus células energéticas durante el sueño. Por eso nunca más se despertó. Se perdió los mejores años de mi vida por un tonto descuido. Cuando tu maltrecho cuerpo depende en tan gran medida de la tecnología no puedes cometer semejante error. Pero así era él y murió con la misma coherencia con la que transcurrió su vida.

Los días que pasé a su lado fueron para mí de los más entrañables que recuerdo. Nunca nadie me dedicó tanta atención como él. Cuando me contaba aquellas singulares historias, sus ojos brillaban cada vez con más viva emoción. Sus propias palabras retroalimentaban la evocación y nuevas anécdotas acudían raudas a su mente. El brillo titilante del sol poniente palpitaba en sus alegres ojos y bailaba feliz en sus profundas pupilas. Su rostro adquiría miles de matices diferentes a lo largo de sus entretenidas narraciones.

Aún ahora, no puedo contener mi sonrisa cuando recuerdo los inverosímiles finales con que remataba sus historias. Yo siempre me enfadaba con él porque, después de haberme tenido en vilo durante tanto tiempo, me tomara el pelo de aquella descarada manera como colofón. Entonces él adoptaba su semblante más severo y, con la mano izquierda sobre su pecho y la derecha blandiendo su índice hacia mí, me aseguraba que todo aquello era "au-tén-ti-ca-men-te cierto" y yo no podía dudarlo ante su abrumadora certeza. Luego volvíamos caminando hacia casa mientras el sol remoloneaba aún sobre la zigzagueante línea del horizonte y en toda la ciudad se conectaba el alumbrado artificial.

50/30 Historias para el Camino de JAP Vidal en Amazon

¿Y si la Muerte te buscara porque escapaste hace siglos a su guadaña? ¿Y si Judas fuese el verdadero héroe del Nuevo Testamento? ¿Y si un día te dieses cuenta de que el niño de una foto que sacaste a diez mil kilómetros de distancia de tu casa está en peligro? ¿Y si un famoso superheroe descubre que es gay? ¿Y si un psicópata se enamora de su víctima? Cada uno de los cincuenta relatos de este libro está escrito para hacer pensar al lector. Si eres creyente, mejor no lo leas.

Camino de tus quehaceres más cotidianos te puede suceder la más impensable aventura, sobre todo si estás leyendo el libro 50/30 Historias para el Camino de mi buen amigo JAP Vidal. 50 sorprendentes historias recopiladas de su exitoso blog Retalls de Lectura y que ya está a la venta en Amazon para tu disfrute. Te lo recomiendo. Clica en la imagen para acceder.

Øghär


(Diario personal de Øriôn Mörluc, 34 de Odrila de 2859)

“Cuando nuestra maltrecha gente llegó a nuestro querido planeta Øghär por primera vez, éste estaba dominado por unos violentos bípedos de escasa inteligencia y pobres recursos. Ante nuestra precaria situación y el claro dominio tecnológico a nuestro favor, no tardamos apenas un suspiro en vaporizar toda forma de vida y dejar nuestra nueva casa completamente aséptica.

Ya os habrán explicado en vuestro Centro Educativo las grandes dificultades que puede ocasionar en nuestros organismos la más diminuta partícula biológica ajena a nuestra morfología; de ahí la importancia de una eficiente fumigación.

Inmediatamente después, se procedió al encapsulado del globo planetario bajo una gruesa capa, elástica y resistente, de preciosa baquelita verde. Una vez cimentado nuestro nuevo suelo, todas las naves nodriza aterrizaron y se comenzó la construcción de las primeras ciudades.

En poco tiempo, grandes cantidades de edificios configuraron una estructura ordenada donde habitar en paz y armonía. Aquel momento fue tan glorioso para nosotros que se inició un nuevo calendario, adaptado al caminar de nuestro nuevo mundo alrededor del nuevo sol, y se desechó el antiguo definitivamente. Así empezamos a contar los nuevos días con la esperanza de alcanzar el esplendor perdido en nuestro mundo de origen. Una misteriosa energía nos impulsaba a superarnos con creces.

Un milenio después, nuestra civilización estaba plenamente consolidada en Øghär y partieron las primeras naves a sondear el Universo en busca de nuevos planetas para colonizar. Habiendo estado tan cerca de la extinción el plan era diseminarse por todo el Cosmos.

Pero antes de eso, todas las naves se encaminaron juntas hacia la ubicación de nuestro antiguo sistema. Allí sólo quedaba la negrura del espacio. Los dos soles gemelos se habían volatilizado barriendo a su paso nuestros siete mundos habitados.

Aquella visión provocó muchas emociones intensas y una profunda tristeza entre nuestros pioneros. Tras unos minutos, en los que nadie supo qué decir, las naves se fueron dispersando silenciosamente por el Universo en pos de nuestros nuevos sueños.”

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Cuando se desvanecieron las imágenes tridimensionales y se iluminó levemente la sala, pude ver que los ojos de Mâ¥i estaban húmedos y brillantes. Se me antojaron, por un irracional momento, aquellos soles gemelos que durante tanto tiempo habían iluminado a nuestros antepasados. Con la intención de apaciguar sus emociones, posé mi mano sobre la suya y, al sentir bajo su piel las vibraciones de sus servos, una explosión de luz se inició en mi pecho expandiendo un sentimiento desconocido por todas las partículas de mi organismo. Nos miramos en silencio, durante un instante eterno, hasta que amaneció una tímida sonrisa bajo aquellos fulgurantes astros.

Malas lenguas


Soy el palomo cojo al que todo el mundo alude de forma despectiva y quiero reivindicar a voz en grito mi virilidad. No en vano, de joven me llamaban pichón, por los grandes atributos sexuales con que me había dotado la madre naturaleza; razón por la cual llevaba de cabeza a todas las palomitas del palomar.

Mis años mozos estuvieron llenos de idilios y amoríos dignos del mismísimo Casanova, y siempre dejé el pabellón muy alto y a las pájaras muy satisfechas.

Fue en la guerra civil, donde presté mis servicios a la patria como palomo mensajero, cuando me gané mi sobrenombre al ser herido en una pata durante una arriesgada misión de espionaje. Aún así, llegué sangrando a mi destino y entregué la información que nos permitió ganar la guerra. Fui condecorado por mi arrojo y valentía, y queda constancia histórica de que no había, en todo el regimiento colombofílico, otro palomo más macho que yo.

Por eso estoy más que harto de que se mancille mi honor en casi todas las conversaciones frívolas, en las que me ponen como un ejemplo errado de algo que no soy. Fue quizá esa herida de guerra la que mermó mi capacidad amatoria pero, en cualquier caso, nunca tomé la opción sexual de la que se me acusa; simplemente me convertí en un jubilado con otro jubilado colgando.

Por ello quiero reclamar un respeto hacia mi humilde persona y un reconocimiento de mis méritos como macho de palomar.
Mi vida se está extinguiendo ya y espero que antes de entregar mi último aliento pueda ver mi honesta imagen limpia de sórdidas acusaciones. Apelo al buen criterio de todos, sólo quiero morir en paz y con la frente muy alta.

El crápula Drácula


El conde Drácula era un duque que vivió durante los siglos XVI, XVII, XVIII y 1X2 en Transilvania, provincia de Cáceres, al lado del Machu Pichu. Su envidiable longevidad se debe, shogún afirman los japoneses, a que tomaba mucho Cola-Cao en el desayuno y en la merienda. Según parece, el viejo conde fue una auténtica sanguijuela. Toda su vida fue un parásito de la sociedad ya que nunca daba golpe, ni siquiera para llamar a las puertas. Las llamaba a gritos. «Puertaaaaas», gritaba. ¿Alguna vez han visto a una puerta correr a su encuentro? ¿No, verdad? ¡Hay que ser gilipuertas para pretenderlo!
Sus relaciones sexuales eran de lo más perversas que se puedan imaginar. No, no, todavía más perversas. ¡Pero hombre, que poca imaginación tienen, mis queridos lectores! ¡Esperaba mucho más de ustedes! Su perversión era tal que más de una jovencita se personó en la comisaría con un mordisco en el cuello dispuesta a denunciarle por brutalidad. ¿Ya se hacen una idea? Pues aprovechen y háganse también un jersey de lana que se acerca el frío invierno.
Era un tipo muy misterioso y enigmático. Imagínense que dormía durante el día y por la noche, de trasnoche. ¿Se lo han imaginado? Estupendo, ya veo que van aprendiendo. Además de esas costumbres tan extrañas, el conde dormía en el interior de un ataúd. ¡No me negarán que hay que tener estómago y mal gusto para hacer eso! Sin embargo a él le encantaba. Se sentía como en el regazo materno.
Tenía la peculiaridad de trasformarse en murciélago y, todas las noches, salía volando por la ventana en busca de alguna hermosa joven de tierna piel a la que mordisquear. Era el único medio de transporte del que disponía ya que en la autoescuela no le quisieron dar el carnet de conducir. Después de lo que le hizo al examinador suerte tuvo al salir vivo de allí.
El examinador le reprochó a voz en grito el no haberse parado en un paso de peatones, arrollando con el carruaje a más de veinte transeúntes que pasaban por allí en hora punta. El conde había acudido al examen aprovechando un eclipse total de sol, debido a lo sensible que era su piel a los rayos de su majestad el astro rey. Un pequeño rayo de sol podía velarlo como si fuera un rollo de película fotográfica. El eclipse no duraría eternamente y ya no disponía de más tiempo para discutir su torpeza con aquel rojo chillón (el examinador era comunista), así que propinó un buen mordisco en el cuello al evaluador, zanjando de una vez la cuestión. Propinó, porque ya le había dado antes otra docena de ellos, succionándole toda la sangre de su cuerpo y dejándolo arrugado como una pasa. Los transeúntes se le enfrentaron y tuvo que salir pitando penaltys y fueras de juego.
Su sed de sangre era tan insaciable que a veces incluso se mordía él mismo imitando a la pescadilla. Bebía sangre de todas clases y de las más variadas calidades. Lo mismo le daba que fuera sangre de niño que de mujer, pero a veces hacía distinciones. Para los solemnes días de celebración tomaba sangre azul. En el aperitivo prefería el sabor dulzón de la sangre de diabético. En el verano lo que más le gustaba era la sangre de horchata, que era más refrescante, sobre todo granizada; pero entre horas no tenía preferencias. Al no poder superar su adicción, ingresó en Vampiros Anónimos, donde permaneció más de cincuenta años. Mas como no conseguía dejarlo decidió asumir su destino como chupóptero, como ya habían hecho docenas de políticos antes que él.
Cuando se producía alguna guerra dentro de la vieja Europa, que por aquel entonces todavía era joven y bonita, siempre se apuntaba voluntario a la Cruz Roja, concretamente en el departamento de transfusiones. Disfrutaba con aquel trabajo pero la mayoría de las veces los médicos le ponían de patitas en la calle al darse cuenta que su adicción por la sangre era la causa de que nunca hubiera suficientes existencias para asistir a los heridos. Hasta que un día se reformó y puso su exquisito paladar al servicio de la ciencia, degustando análisis de sangre.
En su nuevo trabajo, tenía el portentoso don, simplemente saboreando una muestra de sangre, de adivinar el grupo sanguíneo, el Rh, el grado de alcoholemia, la densidad de glóbulos rojos, el pronóstico del tiempo y el último número aparecido en el sorteo de la ONCE MENOS VEINTE. Tras siglo y medio al servicio de la ciencia médica abandonó su profesión cuando le pidieron que se encargara también de los análisis de orina y de heces, cosa que le resultó repulsiva.
Como era un hombre de grandes horizontes, un buen día decidió divertirse un poco tomándose unas vacaciones. Así que se marchó a Kenya para participar en un safari por el África salvaje. Sin embargo, los mosquitos que habitaban en los pantanos de la selva eran grandes como caballos y representaban una dura competencia para él. Famélico y demacrado emprendió el regreso a casa deseando no salir nunca más de sus feudos.
Resentido por el resultado de su viaje a África empezó a cometer fechorías. La densidad de población descendió un cuarenta por ciento con respecto al mismo período del año anterior. Los campesinos tomaron medidas para hacerse unos trajes y para protegerse del acoso del conde. Colocaron en las puertas de sus casas ajos y crucifijos, símbolos a los que tenía un verdadero pavor. Como era un ateo fanático no podía soportar el signo de la cruz, hasta tal punto que era incapaz de rellenar una quiniela futbolística. El ajo lo odiaba porque de pequeño cayó dentro del puchero en el que su madre cocinaba pollo al ajillo. Aquello representó un gran trauma para él y se le quedó grabado en el subconsciente. Tampoco soportaba las iglesias ni las catedrales. Además le molestaba la luz del sol. El conde era un verdadero monstruo pero hay que reconocer que tenía más puñetas que un viejo chocho. Que no es lo mismo que un chocho viejo.
Los campesinos organizaban batidas de vainilla para buscarlo y cuando conseguían dar con su panadero le compraban unos chusquitos y se hacían bocadillos de jabón serrano que estaba muy bueno y limpiaba las tripas. Cuando por fin encontraban al conde le perseguían durante días enarbolando unos palos con la punta afilada en actitud amenizadora. ¡Para entretenerse, vamos! Esto era porque, según cuenta la leyenda, la única manera de hacer desaparecer los efectos del Cola-Cao que el conde tomaba en el desayuno era clavarle una estaca en el corazón. Pero el conde se conocía muy bien todos los atajos del bosque y siempre daba esquinazo a sus perseguidores. Incluso se divertía burlándolos y atacando a pequeños grupos que se habían disgregado durante la persecución.
Al no conseguir librarse de él, decidieron poner el asunto en manos de una organización dedicada a la exterminación de bichos indeseables. Los científicos, que ya habían cosechado grandes éxitos en la eliminación de varios tipos de chupópteros con una nueva arma química a la que llamaban DDT, decidieron fumigar la región desde el aire sirviéndose de globos aerostáticos, que se quedaban en el aire y no se movían. De ahí su nombre. El éxito no fue exactamente el esperado, pero al menos no volvieron a verle el colmillo por el pueblo. El conde consiguió escapar pero los productos químicos le produjeron un asma crónica y no le quedaron deseos de volver más por allí.
Al cabo de tantos años de persecuciones y vicisitudes se dio a la sangría, él decía que era para olvidar, y agarraba unas cogorzas tremendas. Una de esas veces, después de haber bebido más de la cuenta, se le ocurrió irse a la playa, durante el mediodía, que es cuando había más ambiente, a ver si veía alguna tía jamona en top less a la que hincarle el diente. Comprendió demasiado tarde su estúpida imprudencia y mientras se convertía en sucio polvo pudo comentar: «Nunca pensé que me sentara tal mal un baño de sol. ¡Con lo bueno que es para el reuma!».

¿Por qué Caperucita era tan tonta?


¿Por qué Caperucita era tan tonta? Ese es el título del presente ensayo. ¿Por qué Caperucita era tan tonta? Y es que Caperucita era una niña muy bondadosa pero completamente tonta. Todos los días se dirigía, atravesando el bosque, a casa de su abuelita, cantando como una gilipollas las cancioncillas del «hit parade» de los cuarenta principales y Alí Babá, que también era un tonto baboso, de ahí el mote que le pusieron.
Caperucita caminaba canturreando alegremente y saltando con gracia como una mariposilla, de flor en flor y de oca a oca. Sí, señores, saltaba de oca a oca y dejaba todo el camino, hasta la casa de la abuelita, lleno de ocas aplastadas por los pisotones de la infantil gamberra, que era el terror del gallinero.
Cuando por fin llegaba a casa de la abuela, golpeaba la puerta solicitando la entrada (educación no le faltaba). La abuelita aprovechaba para esconder al cazador en el armario y la hacía pasar con su vocecita dulce y suave:
—Pasa, hijita, pasa.
—Hola abuelita, aún soy uva pero te traigo el desayuno.
—¿De qué se trata?
—Es una tarta que ha hecho mi mamá para ti.
—Tu mamá es una guarra asquerosa. Sabe que estoy fatal del azúcar y no hace más que mandarme dulces. Pues se va a joder porque no pienso comérmela, y como siga insistiendo en putearme de esa manera la desheredaré y no verá un puñetero duro cuando yo falte. Lo que ella quiere es acabar con mi salud.
—No te enfades, abuelita. Lo que pasa es que mamá se da cuenta de que estás ya muy mayor y ella está a favor de la eutanasia.
—Pues yo no conozco a la Anastasia esa pero ya me está empezando a caer gorda, la tía cochina.
—No te pongas así, abuelita, que te sube la tensión y te pones como una olla exprés.
—Fuera de aquí, niña insolente.
—Adiós, vieja. Que te den morcilla.
—Bueno, pero que sea morcilla sin sal, que el médico me la ha prohibido.
Y Caperucita se marchaba por donde había venido, siguiendo el rastro de las ocas aplastadas. Algunas veces, en el camino de vuelta, se topaba con «el lobo», un psicópata asesino de colmillos afilados que se había doctorado en violaciones por la Universidad Abierta de Piernas pero que nunca conseguía hincarle el diente a la tonta del bote porque estaba muy gordo y no podía correr tras ella para darle alcance, altramuces, almendras, pipas y otras chucherías que gustan tanto a los niños de corta edad. Pero como Caperucita era tonta, y no sabía que el lobo era el quiosquero del bosque, salía huyendo despavorida y se perdía las golosinas y la ocasión de tomar contacto con los placeres del cuerpo. Peor para ella.

Un mundo mejor

En respuesta al requerimiento de Wambas
de un relato sobre el tema "un mundo mejor".


Epístola de Miguel Emele a Wambas según Gmail

Apreciado Wambas, respecto a tu propuesta de un relato sobre un mundo mejor... vaya tareas que nos planteas. He estado pensando algunas opciones en respuesta a tu petición pero al final las he intuido algo complejas y me he decantado por una aleccionadora anécdota autobiográfica, más sencilla de plantear y más rápida de ejecutar.

Tenía dos alternativas interesantes pero, como digo, algo complejas de elaborar y últimamente no dispongo de demasiado tiempo. La primera era una especie de refrito del Planeta de los Simios. Un tío llega a un planeta donde todo es perfecto y "guanderful". Va descubriendo todas las bondades de esa avanzada civilización hasta que descubre que está en su podrido planeta de origen pero después de unos cinco mil años de evolución y algunas hecatombes de por medio. Naturalmente, todos sus coetáneos ya han "cascao". Muy profundo, de verdad.

El segundo relato se basaba en el primero, intentando explicar ese proceso de mejora cinco mil años después de su origen, habiendo perdido la perspectiva histórica en la distancia. Básicamente, trataba de cómo el profeta del siglo XXI Wambas Boludas (Balam-Bambú) se sobrecogió un día al descubrir que unas posesiones muy importantes para él le habían sido sustraídas por enésima vez. Meditando, descubrió súbitamente que si no tuviera posesiones no habría posibilidad de perderlas y es así como, desprendiéndose de toda materialidad superflua descubrió que lo único que quedaba era su propio ser, tan sagrado como la más pura gota de agua. Tras este satori o revelación, empezó a compartir sus descubrimientos espirituales y una legión de seguidores de sus ideas fueron creando, sin apenas darse cuenta, un mundo que en nada se parecía al de sus primeros días.

Los inicios fueron difíciles. Se topó con la incomprensión de su familia pero no desesperó. La gente no le hacía el menor caso y sólo una persona le acompañó en su vagar por el mundo: un demente que se hacía llamar Miguel Emele, que se había fugado de un manicomio y que se pasaba el día babeando en la inopia. Una noche, Wambas le preguntó a los cielos estrellados: "¿será posible un mundo mejor?". Entonces, el lunático se enardeció súbitamente y, lanzando espumarajos por la boca, le gritó al profeta: "es posible, es posible" y añadió algo más críptico: "tienen que caber, coño, tienen que caber" y a partir de ahí todo fue un camino de rosas.

Bueno, al grano. El caso es que me he dado cuenta de que no tengo presupuesto para la realización de estas magníficas obras épicas y es por ello que te remito esta pequeña parábola:

Mejor, es posible

Hace años, cuando tenía más pelo, trabajaba en una tienda tipo bazar, en la que vendíamos infinidad de artículos para el hogar. Recuerdo que, a pesar de tener las estanterías bien surtidas, de vez en cuando llegaba algún camión con un par de palets de género nuevo.

Los productos grandes se conservaban en sus cajas y se exponía uno de muestra con el precio, pero los artículos más pequeños y de mayor rotación acostumbrábamos a exponerlos todos. Una vez extraídos de sus cajas y marcados con su precio de venta, llegaba el momento de acomodarlos en las estanterías junto a otros productos similares.

Los huecos disponibles se llenaban rápidamente con la nueva mercancía. Compactando los artículos que antes estaban más holgados, para que la balda no pareciera demasiado despoblada a la vista, siempre se conseguía colocar todo muy presentable. Sin embargo, a menudo, se daba el caso de tener que poner género nuevo en algún estante que aún no estaba demasiado vacío. Es entonces cuando en mi mente aparecía la palabra imposible.

—Pero... ¿cómo se les ha ocurrido comprar más vasos de estos si aún hay un montón? ¿Dónde vamos a poner estos relojes de cocina si no hay sitio para ellos? ¡Pero si aquí no cabe ni lo que ya hay!, ¿cómo voy a meter estos cuatro floreros descomunales?

Con un poco de esfuerzo, algunas situaciones se solucionaban con algo de inventiva e imaginación; pero otras, después de varios minutos colocando y recolocando, acababan produciéndome cierta frustración. Imposible, me ratificaba.

Cuando por fin pasaba la jefa y me preguntaba cómo iba todo yo le hacía notar que no había sitio suficiente para exponerlo todo. Su respuesta ya me la conocía: "ha de caber porque esto en el almacén no se vende". Y tenía razón... pero es que no había dónde colocarlo. Entonces ella se miraba toda la pared con un cierto distanciamiento y, tras unos segundos de meditación, me daba instrucciones para reorganizarlo todo desde dos o tres metros a la izquierda hasta donde yo estaba trabajando en aquel momento.

—Esta fila de vasos es idéntica a la de al lado. Por lo tanto, se pueden poner unos encima de otros. Esto pásalo a la estantería de al lado junto con aquello otro y bla, bla, bla.

Así, tras invertir una buena cantidad de tiempo, todo el género quedaba perfectamente expuesto cuando unas horas antes era prácticamente... imposible.

Aún tuve que encontrarme varias veces en situaciones parecidas hasta que un día, ante aquel pensamiento de imposibilidad, me dije a mí mismo: "siempre pienso que colocar toda la mercancía nueva es imposible y luego acaba siendo posible, así que ya es hora de empezar a pensar que es posible y concentrarme directamente en cómo conseguirlo". Así que cada vez que tenía un pensamiento como "esto es imposible" lo cambiaba por otro como "es posible, hay que encontrar la manera". ¡Y la encontraba!

Por todo esto, si alguien ahora me pregunta: "¿Es posible un mundo mejor?", yo le contestaré sin dudarlo: "Por supuesto. Sólo hay que pensar mejor."

Remigio Tocón, Ginecóñogo


Desde muy temprana edad, Remigio Tocón de las Partes Nobles, insigne ginecólogo del siglo de las luces antiniebla, se había sentido vivamente interesado por la cambiante anatomía femenina. Exploraba a sus compañeras de colegio tan a fondo que las desvirgaba. Sus padres habían recibido, por aquel entonces, varias denuncias contra él por acoso sexual o, acaso, casi sexual, ya que no siempre era tan exhaustivo en sus reconocimientos exploratorios.
En su adolescencia se enamoró de una bella enfermera a la que pretendía provocarle un embarazo, para ver si se cabreaba; pero, como ésta no le correspondía, decidió estudiar ginecología por correspondencia y se matriculó en el curso correspondiente, que era lo que correspondía. A los pocos días, unos doscientos veintitrés días aproximadamente —por aquel entonces Correos estaba fusionado con la ONCE y los carteros hacían el reparto a tientas y a loquias—, recibió en su domicilio los cuarenta y dos tomos de que constaba el curso, los cuarenta y dos cuadernos de ejercicios respectivos y una embarazada a tamaño natural completamente gratis.
Quedó decepcionado porque una casa de la competencia ofrecía exactamente lo mismo por el mismo precio pero la mujer la entregaban completamente virgen, lo cual era mucho más estimulante. Aunque tampoco le convenía quejarse, ya que otros cursos por correspondencia no ofrecían más que una muñeca de plástico con dos gemelos en su interior, lo cual difería bastante del sistema real de dar a luz, y el curso que él había comprado era eminentemente práctico. Tenía que serlo si quería llegar a ser un gran ginecólogo.
El curso era muy educativo y ameno (ameno mal que era educativo, ¡por aquel precio...!) pero los antojos de la embarazada eran de lo más pintoresco. Entonces comprendió las ventajas de la muñeca de plástico; pero aquel curso hubiera resultado demasiado caro para su modesta economía. La susodicha (la economía no, la embarazada) no tenía los clásicos antojos de las fresas con nata, sino que su imaginación era tan creativa que pedía cosas tan extravagantes como un baño cotidiano en leche de almendras.
Para dicho baño, nuestro amigo Remigio, había comprado un rebaño de almendras lecheras, a las que ordeñaba cada mañana. Como de una almendra se puede obtener muy poca leche, se levantaba a las cinco de la madrugada —una hora menos en las impuntuales islas Canarias, que siempre van con retraso— para comenzar el ordeño y tener el baño a punto y seguido para cuando se despertara la embarazada, a la que había bautizado con el bonito nombre de Concepción Intrauterina Prolongada Nueve Meses pero, como era un nombre muy largo, la llamaba cariñosamente «la preñá».
Después del baño —antes hubiera sido imposible debido al olor— le realizaba una cotidiana exploración bastante meticulosa y a continuación le decía para animarla un poco: «Esto marcha estupendamente, Conchi». A lo que ella contestaba muy amablemente: «Gracias, doctor, por la parte que me toca», que no era otra que la que ustedes están pensando, naturalmente. Y es que Remigio seguía siendo un sobón de cuidado.
El embarazo avanzaba a pasos agigantados, pues la embarazada gastaba un cincuenta y dos, y los antojos eran cada vez más difíciles de satisfacer. Como aquella vez que insistió en realizar un viaje espacial para ver las estrellas; las estrellas, las vio, pero hubo que sustituir el viaje espacial por una llave inglesa. O aquella otra, que se empeñó en dar la vuelta al mundo; hubo que comprarle un globo terráqueo para que lo rodeara cuantas veces quisiera. En otra ocasión se empecinó en que quería una mascota para cuando naciera el niño, quería un elefante africano; tuvo que conformarse con un zulú vestido de smoking (bueno, ¿qué más da elefante que elegante?). Otra vez quiso un trenecito para que cuando naciera el bebé pudiera jugar con él; tuvo que intervenir la policía para que devolviera el talgo; solo pudo devolver la mitad; la otra mitad la había triturado para hacer polvos de talgo. Hubo que explicarle que los polvos de talgo consisten en hacer el amor en un coche-cama y lo que el niño necesitaría sería polvos de talco, ya que el tren triturado le irritaría las partes, y lo del coche-cama tendría que esperar hasta la mayoría de edad.
Remigio, que seguía el curso con un vivo interés —hasta que se le murió y tuvo que seguirlo él solo— tenía un olfato extraordinario para los problemas clínicos. Llegada la hora del parto, nada más sacar la nariz del útero, sentenció:
—Este niño nacerá por los pies.
—¿Está seguro, doctor? —Preguntó la embarazada.
—Indudablemente, ahí dentro huele a queso.
Se presentó, con una reverencia extravagante, un parto prematuro. Se hacía imprescindible practicar una cesárea. Cuando Remigio le explicó a la parturienta de qué se trataba, ésta se indignó, hizo las maletas y, desde el quicio de la puerta, se despidió irritadísima: «Que tenga que trabajar para la universidad a distancia, pase, pero que me rajen la barriga para dar a luz, ni soñarlo. Para eso, que tenga el hijo tu padre». Y, dicho lo cual, se marchó dando un gran portazo.
Siguiendo el consejo de la parturienta, Remigio se fue a ver a su padre, que era obispo de la diócesis, o diocesiete, y le preguntó directamente:
—¿Cuantos eran los reyes católicos?
—Dos: Isabel Pryesler y Fernando Fernán Gómez.
—¿Quién escribió «el Quijote»?
—El manco de Lepanto: Miguel de Cervantes. La escribió con una Olivetti rellena de anchoetti, tecleando con los dedos de los pies.
—¿En que año descubrió Colón América?
—En mil cuatrocientos noventa y dos. La descubrió en un garito de mala muerte pero la llevó al Paralelo y allí la hizo famosa como vedette a tomar por saco con la célebre revista «go home, americones, no nos toquéis los... aviones».
—¿Como se llamaban los hermanos Max?
—Por teléfono: ponían una conferencia a cobro divertido.
—¿De qué color era el caballo blanco de Santiago?
—Azul, con unas rallitas doradas en el cuello y purpurinas de colores en las crines.
—Papá... ¿tu puedes dar a luz un bebé?
—Claro, hijo. Enseguida te hago uno.
Y tras decir esto, se arremangó los hábitos, se sentó en cuclillas y, haciendo grandes esfuerzos corpóreos, cagó uno por las nalgas cuando ya tenía la cara como un tomate maduro. Remigio, ilusionado, se acercó al neonato; pero al observar que era bizco, feo, cojo y jorobado, exclamó decepcionado:
—Pero... papá, este niño es una mierda.
A lo que el padre respondió indignado:
—¿Y qué esperabas, que cagara una tarta de chocolate con guindas?
Desgraciadamente, unas semanas más tarde ocurrió un suceso nefasto. La sirvienta del ya doctor Remigio, aprovechó para cambiarle los pañales al niño mientras preparaba la cena. Al comprobar ésta (la sirvienta, no la cena) que no quedaban polvos de talco, le espolvoreó al bebé un kilo de harina y, en un descuido imperdonable, lo rebozó en la freidora. El desenlace no se descubrió hasta el día siguiente, cuando la criada fue a dar el biberón al niño y advirtió, con gran extrañeza, que lo que sostenía entre sus brazos era una merluza de cuatro kilos.
Sin embargo, a pesar de estos comienzos tan dramáticos, el doctor Remigio Tocón llegó a convertirse, con el tiempo y una caña, en uno de los mejores pescadores de bebés del siglo y en toda una eminencia dentro de su campo (se me había olvidado comentar que el doctor Remigio tenía un huerto en las afueras).

Primitivo Casanova


El homo erectus, era un conquistador primitivo que vivió durante el Paleolítico en un ático dúplex, excavado en la roca de una montaña, que usaba como picadero. Era llamado así por su desmedida potencia sexual y su considerable «herramienta» de trabajo, la más notable entre los de su especie. Su pisito disponía de las más destacadas comodidades de la época: agua corriente cascada abajo, agua caliente a 380 grados procedente de unas termas, sauna, gimnasio, calefacción a chimenea, enmoquetado con piel de oso, vistas al sur, soleado todo el día y céntrico.
Algunos investigadores no se ponen de acuerdo en cuanto a las técnicas usadas por el homo erectus para sus conquistas, pues son de distintos países y hablan diferentes lenguas. Nosotros mencionaremos la teoría más razonable y comprensible de todas ellas, la del profesor Leónidas Pleoceno, uno de los investigadores que más dedicación puso en resolver este enigma a lo largo de toda su vida y cuyo trabajo le valió el premio Nobel de gastronomía en 1948.
Según el profesor Pleoceno, el homo erectus galanteaba a sus concubinas con un garrote de madera de abedul del nueve largo. El cortejo incluía frenéticos golpes con el garrote sobre el cráneo de la maciza de turno con la intención de amansarla convenientemente. Una vez amansada la ponía a resguardo de inoportunas interrupciones dentro de la caverna, para mayor intimidad, y se pasaba allí toda la tarde realizando una proeza tras otra, todo ello sin red y a cara descubierta, al igual que el resto del cuerpo.
Era tan impresionante el espectáculo copulativo que atraía la atención del resto de los homínidos, y se reunían frente a la entrada de la cueva para espiar las acometidas de su destacado congénere, envidia de todos ellos. De todas las partes nobles del continente acudían, para dar fe de tamañas proezas, las más distinguidas especies de la Creación: el hombre de Cromañón, el hombre de Sava, el hombre de Neandertal, el tercer hombre, el hombre del saco, el hombre lobo, el hombre por dios, y muchos otros hombres más que llegaban hasta allí atraídos por una sana curiosidad, que más tarde enfermó provocando una epidemia de cagaleras que se extendió hasta la Atlántida.
Un día se produjo la evolución natural después de tanto abuso y el homo erectus pasó a denominarse homo fláccidus, ya que el agotamiento de una vida desenfrenada había comenzado a hacer mella en su organismo. El pobre mellado vio desaparecer con estupefacción sus dotes de semental y se convirtió en pieza de museo antropológico al comprobarse que ya no le servía más que para evacuar los líquidos sobrantes de los procesos de asimilación de nutrientes. Vamos, que ya no le servía más que para mear. Eso sí, el homo flaccidus tenía una gran potencia meatoria.

El mismísimo demonio


Hace muchos, muchos años, cuando aún no existía la cerveza sin alcohol, el mundo estaba lleno de borrachos. La mayoría de ellos eran pobres y no tenían donde caerse muertos, por eso cuando morían permanecían de pie hasta que llegaba el sepulturero, que los enterraba en vertical para ahorrar espacio en el cementerio, dado el gran índice de mortalidad asociado a la pobreza. El poder adquisitivo de aquellas gentes era tan exiguo que no les alcanzaba ni para comprarse unos zapatos de piel de cocodrilo, así que era corriente verlos andar descalzos por la calle, mendigando limosna para poder mantener a su familia y a sus vicios que eran muchos, muchos, casi tantos como los años que hace de esto.
No todos los borrachos eran gente humilde que sobrellevaban su carga lo mejor que podían, algunos eran demasiado flacos para llevar carga y se servían de los animales para tal menester. Otros ni siquiera cargaban porque estaban estreñidos y se habían revelado contra el sistema, en una hora, en los laboratorios Kodak. Eran gente malvada que hacían lo imposible para hacer el mayor daño a los demás y sacar el mayor provecho para ellos mismos. El jefe de aquella pandilla de rufianes era un tipo canijo, con cara de mala uva, aspecto desaliñado y aliento pestilente al que todos llamaban Luzifer porque siempre llevaba encima una linterna que funcionaba con pilas alcalinas de larga duración.
Aquella escoria habitaba en el barrio de las tinieblas, situado en un oscuro rincón de la ciudad, sumidos en un mundo de sombras y suciedad del que emanaba un agrio hedor a podredumbre y humedad. Era lógico que el líder de aquella gente no fuera otro que el acomodador del cine, Luzifer en persona. Él les alumbraba el camino a seguir y todos confiaban en sus decisiones, hasta que un buen día se le acabaron las pilas y la gente se volvió contra él. Pero no adelantemos acontecimientos por la derecha o nos pondrán una multa de esas tan caras que ponen ahora. Mejor será que comencemos por el principio.
En un principio Dios creó el cielo y la tierra, y vió que era bueno. Y el séptimo día, el sábado, creó la televisión y descansó. Descansó el sábado porque, como Dios era americano, para Él la semana comenzaba el domingo. Fue años más tarde, cuando los sindicatos españoles quisieron reducir la semana laboral a cuarenta horas, cuando proclamaron también el domingo como día festivo, comenzando así la semana por el fatídico lunes.
Como la televisión era muy aburrida porque solo salía la carta de ajuste (aún no había canales privados), Dios decidió aprovechar sus conocimientos sobre ingeniería genética para crear unas criaturas que le divirtieran. Así fue como engendró a los ángeles, unos pequeñuelos con alas que hacían las delicias del Creador con sus piruetas. Los guardaba en el altillo, al que solo alcanzaba él, para que no se le escaparan, ya que eran muy jugetones y curiosones. Un día, al ir a guardar a uno de estos angelitos, se le calló de las manos, pegándose una buena hostia contra el suelo. El ángel caído no era otro que Luzifer, que ante la torpeza del Altísimo (medía más que Romai) le insultó con palabras dignas de un accidente de tráfico y se alejó de allí cagando leches, ya que tenía una diarrea incontenible.
Después de la tercera guerra mundial el mundo había quedado prácticamente irreconocible. La atmósfera quedó ennegrecida por el humo y el polvo. Apenas se podía ver la luz del sol. Las tinieblas se habían apoderado de la faz de la Tierra... ¿Cómo que me he saltado algo? ¡Aquí quien narra la historia soy yo! ¿Tendré que resumir un poco? ¡Buenos estamos! ¡Si quieren saber más, lean los periódicos! ¿Por dónde iba?, que ya me han despistado. ¡Ah, si! ... La hecatombe había pillado a Luzifer en una ferretería, comprando pilas nuevas para su linterna, ya que trabajaba de acomodador en el cine del barrio. Instaló las pilas, recién adquiridas, en el aparato y salió a la calle topándose con una densa oscuridad.
—¡Coño! ¡Con el buen día que hacía cuando entré en la tienda! ¿Qué habrá pasado?
—Se ha producido la tercera guerra mundial —dijo alguien—. Gracias a la tecnología punta, todo a tomar por saco en menos de treinta segundos.
—¡Joooooodeeer! —Exclamó Luzifer, que era un hombre de gran elocuencia.
Ante los nuevos acontecimientos se produjo un gran desconcierto de rock. La gente estaba nerviosa y empezaba a ponerse histérica. La confusión de manzanilla estaba a punto de producir el pánico en la población. La situación era más que inquietante. En un mundo de tinieblas la gente no sabía qué hacer ni a quien obedecer. Se rompieron los patrones de conducta. Hubo que avisar al sastre para que diseñara otros nuevos, pero a oscuras éste no podía hacer nada. De pronto Luzifer reconoció la oportunidad de su vida y tuvo una idea genial.
—Dejad que yo os guíe —dijo mientras encendía su linterna y la enfocaba hacia el camino.
Así fue como el demonio se convirtió en el cabecilla de aquel grupillo de hombrecillos que, al amparo de la oscuridad, se convirtieron en pillos, arrasando con todo lo que encontraban en su caminillo, sin existir otra ley más que... la del Señor de las Tinieblas: el mismísimo Luzifer, que tenía el liderazgo del grupo asegurado en el montepío Pío, gracias a las pilas alcalinas de larga duración que compró en la ferretería.
Cuando por fin se le agotaron las pilas, sus seguidores dejaron de seguirle, le inflaron a hostias y él salió volando maltrecho hacia las alturas para huir del linchamiento. Nunca más se le ha vuelto a ver.

Los artículos de broma más famosos, los de Indelecio Jocoso


Indelecio Jocoso Secachondea, nacido en Baracaldo (Starlux) en 1901, fue uno de los más productivos y originales empresarios de artículos de broma de todo el mundo. Aún en nuestros días son numerosísimos los visitantes que acuden a su panteón de campana para bailar un zapateado sobre su tumba.
Recién estrenado el siglo XX, nació en el seno de una modesta familia de comerciantes. Concretamente en el seno izquierdo de la madre, que era la única que tenía senos —aparte de la criada que, naturalmente, no era de la familia, seno alquilada por horas—.
El propio embarazo ya fue de lo más ocurrente. Su madre cambiaba de talla de sujetador más rápido que un político de chaqueta. Cuando ya no había más tallas en el mercado para aquel descomunal par de tetas, decidió ir al médico para ver qué estaba pasando realmente, porque ella de silicona, nada.
El médico del seguro, que era el encargado de las enfermedades de las pólizas, le dijo hernan-cortésmente:
—Señora, yo soy el médico del seguro y usted está indecisa. Debería ir a ver al médico del tetamen que es a quien corresponde su caso; pero ya que ha hecho el viaje, si tanto insiste, le haré una completa y exhaustiva exploración mamaria.
El médico la exploró con los recursos a su abasto, artesanalmente, y descubrió una región inhóspita, nunca antes visitada por hombre alguno —pues el embarazo era sicológico, obra del Espíritu Santo— y decidió hacer un reconocimiento de aquella zona más metisaquiculosamente. El examen fue tan exhaustivo que acabaron fumando un pitillo y tuteándose.
Después de una larga hora de exploración y palpamiento el docto pulpo sentenció:
—Si palpamiento, que me parta un rayo, pero lo cierto, querida palomita, es que tienes a la vista un estupendo par de gemelos, ya que el izquierdo es idéntico al derecho y viceversa.
La paciente, que no era una persona demasiado instruida, le contestó muy airada:
—(¡Prreet!) Viceversa lo será tu padre, cretino. (¡Prreet!) ¡Malditos gases!
—Quiero decir que ambos son idénticos, se mire por donde se mire.
—Pero... ¿qué hago yo ahora? ¿Qué le digo a mi marido?
—De momento tienes que comprarte un sujetador prenatal o acabarás barriendo el suelo con las domingas. Te daré la dirección de la tienda de mi cuñada donde, aparte de tratarte como te mereces, te harán un importante descuento por ir de mi parte.
—¿...Y qué pensará mi marido, que nunca me ha puesto una mano encima?
—En tal caso, seguramente pensará en cambiarse de sexo, en hacerse la manicura o en alguna mariconada por el estilo. Tú no te preocupes. Vete tranquila y piensa únicamente en el porvenir de tus hijos.
Nueve meses después de la visita, rompió ubres y dio a Luz dos hermosos mancebos porque ella no podía mantenerlos; pero Luz tampoco quiso hacerse cargo de los pequeñuelos y se los devolvió: «Si no puedes mantener a este par de angelitos, los dejas en el suelo, que de ahí no se caerán». Siguiendo el consejo de su amiga los dejó sentados en el suelo, y ahí se mantuvieron hasta que les llegó la edad de ir al colegio.
Comenzó entonces para Indelecio Jocoso una nueva etapa en su vida que marcaría su destino, con un hierro candente (como la pasta), hasta sus últimos días. Fue durante aquellos años escolares cuando descubrió su auténtica vocanción:

«En el cajón del maestro
hemos metido un lagarto,
cuando ha ido a pasar lista
ha palmado de un infarto.

Al director, del cabreo,
le da una angina de pecho,
el rostro se le enrojece
y cae al suelo maltrecho.

El enterrador que es listo
descubre la situación.
Está tan agradecido
que nos da una comisión.»

Así fue como Indelecio se convirtió en uno de los niños más traviesos del colegio, al menos mientras éste se mantuvo en funcionamiento. Sus travesuras corrían de boca en boca entre sus compañeros, como un porro en un guateque, y cada vez era más famoso. Entre sus fechorías mas notables se encuentran las siguientes: colocó una bomba de tiempo en el reloj del campanario y cada hora hacía un tiempo diferente; a su hermano, que era frecuente blanco de sus «bromitas», en cierta ocasión, le cambió la longaniza del bocadillo por un petardo de medio kilo y desde entonces dejaron de ser gemelos; a un profesor suplente, que pidió cerillas a los alumnos para encender un cigarrito, le abrasó con un lanzallamas; a sor Felisa, la maestra de religión, le colocó una caja llena de hormigas bajo los hábitos y, a los pocos minutos, tuvo que desprenderse de ellos y salir corriendo desnuda hacia el despacho del director; en una carrera de sacos colocó un bote de nitroglicerina dentro del saco del empollón de la clase; cuando las chicas se estaban cambiando para la clase de gimnasia, introdujo una docena de ratones en los vestuarios y éstas salieron despavoridas con lo que en ese momento llevaban puesto: el lazo de la coleta; sembró el jardín del colegio con semillas de plantas carnívoras y, cuando llegó la primavera, tuvieron que adelantar las vacaciones de verano porque no se podía entrar en clase; cambió la campana de llamar a clase por una zambomba; al profesor de música le colocó una bomba dentro del piano y saltó por los aires nada más tocar las teclas; durante un partido de fútbol cambió la pelota por un botijo; en una representación teatral sustituyó uno de los focos por el arpón de un ballenero y, al comenzar ésta, los actores se convirtieron en un curioso pincho moruno. Y así continúa una lista interminable de fechorías que le dieron tan merecida fama.
Debido a su mal comportamiento cambiaba de colegio constantemente. En cuanto uno quedaba en ruinas, su madre tenía que buscarle otro. Algún que otro director incluso mandó demoler él mismo el centro, al conocer su próxima llegada, para ahorrar tiempo y evitar la inminente entrada del vándalo infantil en su recinto.
Ya en la edad media (no cuando los hombres llevaban leotardos, sino en su edad adulta) comenzó una carrera meteórica como empresario de artículos de broma. Inventó la mierda de pega, que se llamaba así no porque fuera de mentira sino porque al pisarla te quedabas pegado en aquella porquería. Un gran hito para la industria fue el petardo estéreo, que era como los demás pero hacía el doble de ruido y además en alta fidelidad, ya que entre los petardos no existía el Adulterio Sánchez, más conocido como «el Dute», que no tenía nada que ver con los petardos pero era muy amigo de la guardia civil, la señora ésta del sombrero tan raro, que siempre iba vestida de un color verde sin estampados: verde uniforme.
Los competidores en el negocio se convirtieron con el tiempo en blancos de sus «bromitas» y rápidamente descendía la competencia de manera inexplicable, al tiempo que aumentaban los accidentes de origen desconocido. En poco tiempo, acaparó el mercado del artículo de broma y llegó a obtener grandes beneficios.
Su hermano, ciego de envidia por sus triunfos y de odio por lo que le había hecho padecer de pequeño, se compró un bastón blanco y unas gafas negras en las rebajas y solicitó una esquina para vender cupones. La esquina que le tocó en sorteo quedaba próxima a uno de los negocios de Indelecio; cosa que indignó a su hermano, ya que, encima, tenía que soportar las bromitas que le gastaba cada día cuando iba a comprarle los iguales. ¡Menos mal que nunca le reconoció! Lo cual fue aprovechado para planear una venganza aun más contundente (igual que la pasta).
Manipulando los cupones hábilmente, su hermano consiguió que le tocaran dos mil millones de premio en uno de los sorteos. Como Indelecio era un hijo de mala madre pero no sabía nadar, se ahogó en la abundancia y pasó a mejor vida, heredando su hermano toda la pasta (no, ésta no es «al dente» sino contante y sonante). Desde entonces el día de su muerte fue declarado, en su memoria, «día mundial del cachondeo»; pero no como homenaje póstumo precisamente, sino para celebrar tan regocijante pérdida.

Los Pieles Rojas



Los Pieles Rojas eran unos indios americanos que vivieron hace muchos años en el lejano oeste, por la provincia de Lugo y alrededores. Se les llamaba así porque tenían la piel muy colorada de tanto comer productos picantes y de beber vino de Rioja en abundancia. Eran unos grandes saltarines ya que gran parte de su tiempo lo dedicaban a saltar diligencias, carretas de colonos o buscadores de oro y, a veces, caravanas enteras; luego pasaban el platillo y recogían la colecta, que generalmente era bastante sustanciosa. Estos indios tenían fama de ser muy guerreros y amantes de la caza pero también eran muy desvergonzados, ya que vestían de una manera muy provocativa, exhibiendo impúdicamente gran parte de su encarnada anatomía. Todo esto llegó a oídos del Papa, quien al enterarse puso el grito en el cielo, con lo que agarró una afonía que le duró varios meses.
El enrojecimiento habitual de estos indios se veía incrementado durante los meses de verano, a pesar de que por aquel entonces la capa de ozono contaba con una buena tapadera. Era típico del lugar verlos pasear por esas fechas más colorados que un turista sueco en Benidorm. En estas circunstancias había que ser muy cauteloso con ellos pues las palmaditas en la espalda les ponían de muy mala leche.
El desierto, próximo a las praderas donde cazaban los Pieles Rojas, se ponía insoportable de calor durante la estación estival y el único ser viviente que disfrutaba de tan árida climatología era la serpiente de cascabel (sonajerus culebris) que aprovechaba para campar y huertar a sus anchas y largas. Dicho ofidio producía un tintineo alegre semejante a una bolsa llena de monedas de oro, lo cual fue la perdición de más de un miope, pues el veneno de dicho reptil era mortal de necesidad según se especificaba en un real decreto. A veces se reunían varios de estos crótalos en algún nido de víboras y aprovechaban para interpretar la quinta sinfonía de Beethoven para cascabeles y sonidos sibilantes, favorita entre al amplio repertorio que contaba con piezas tan célebres como: «doce cascabeles lleva mi caballo», «¿quien le pone el cascabel al gato?», «la luna cascabelera» y un sinfín de temas navideños de lo más heterogéneo.
En tan acalorados períodos, la sequía y el peligro de incendio aumentaban. Para contrarrestar estos inconvenientes climatológicos era muy típico verlos ejecutar la danza de la lluvia, baile parecido a la jota aragonesa y a la y griega, solicitando el favor de los dioses con objeto de refrescar un poco el ambiente.
Los Pieles Rojas vivían en chozas o chabolas en forma de cucurucho invertido, ya que si ponían el cucurucho en la posición correcta la inestabilidad del habitáculo era manifiesta; además, en época de lluvias el salón-comedor-cocina se ponía perdido de agua y después no había quien lo encontrara. Debido a todos estos inconvenientes un buen día se decidió invertir la posición del cucurucho y el tiempo (el cronológico y el atmosférico) confirmó más tarde que fue una decisión de lo más acertada.
Los indios Pieles Rojas se agrupaban en tribus de unos pocos individuos para facilitar la labor del Censo, que por aquel entonces aún no se había informatizado. Dichas tribus estaban gobernadas por un Jefe guerrero, que daba las órdenes oportunas para organizar la sociedad en pos del progreso de la raza, y un Consejo de Ancianos, que se encargaba de pararle los pies al Jefe cuando éste se desmandaba. El servicio militar era obligatorio para los miembros varones, y duraba prácticamente hasta la vejez o la muerte en combate. Las mujeres no tenían miembro, ni lavavajillas, ni derecho a sufragio, ni perrito que les ladrara y se pasaban el día holgazaneando holgadamente.
Los guerreros, en tiempo de paz, se afanaban en jugar al escondite o, como se le denomina ahora, buscar Camorra, y cuando Camorra se escondía tan bien que se hacía ilocalizable, se entretenían cazando búfalos o jugando a la brisca en la tasca del poblado. En cambio, cuando desenterraban el hacha de guerra no había quien los aguantara, pues se pasaban el día haciendo el indio y realizando una trastada tras otra como una manada de salvajes gamberros: hacían pintadas en las paredes de Fort Apache, destrozaban cabinas telefónicas, quemaban buzones de correos, cortaban cabelleras, hacían la manicura y un montón de perrerías más.
Lo más pintoresco de estos indios era los apelativos con que se identificaban para distinguirse unos de otros. Estos motes o nombres primitivos casi siempre hacían referencia a alguna característica destacada u original del individuo en cuestión. Por ejemplo: «Saeta Veloz» siempre corría hacia el campo velozmente aquejado por su diarrea crónica, «Gacela Silvestre» era una maciza indomable por sus modales asilvestrados, «Pluma Dorada» era la vedette oficial de la tribu que varias veces había recibido el premio «miss pechuga mojada», ya que los Pieles Rojas nunca usaban camiseta, «manos temblorosas» era el viejo verde que perseguía a las muchachitas más inocentes del grupo (murió de una coz que le propinó una búfala al verse acosada sexualmente por tan perverso anciano), «Terciopelo Sedoso» era el mariquita, «Tótem Carnoso» era el superdotado, «Puchero Sabroso» era el cocinero, y así hasta un sinfín de nombres de lo más curioso y variopinto.
Religiosamente se les podía catalogar en la sección de varios ya que tenían diversos dioses, uno para cada ocasión, aunque el más nombrado era Manitú, que debía ser el jefe de todos ellos. Los dioses eran adorados con rituales que incluían, habitualmente, el sacrificio de algún animal; salvo en Viernes Santo que sacrificaban un bonito del norte, un feo del sur, un horroroso del oeste o un horrible del este.
Un buen día, un grupo denominado «defensores de los derechos de los animales» se manifestó contra los rituales tradicionales por considerarlos crueles y poco respetuosos con la vida animal del planeta. Tras algunas sentadas frente a la tienda del Consejo de Ancianos y algunas huelgas de hambre que hicieron crecer los adeptos a la causa, alcanzando estaturas de un metro noventa y cinco, consiguieron la abolición de tan inhumanas prácticas. A partir de entonces las ofrendas a los dioses consistieron en: coles de Bruselas, fresas de Lepe, plátanos de Canarias, nueces de California y otros tipos de vegetales con denominación de origen.
Los nuevos rituales provocaron una falta de interés en los más conservadores y se produjo una crisis de creencias religiosas; hasta que, años más tarde, sufrieron la influencia iluminadora del budismo a través de un chino que pasaba por allí por casualidad atravesando el desierto descalzo, con las botas colgando del cuello y alimentándose de raíces. El chino les inició espiritualmente y les enseñó algunos golpes de kung-fu para que aprendieran a defenderse del Hombre Blanco, que era el peor enemigo de los Pieles Rojas.
El Hombre Blanco era un tipo gordo y grasiento, propietario de un «holding» inmobiliario que pretendía hacerse con los terrenos de los indios para construir rentables bloques de apartamentos a precio de saldo, con la intención de fomentar el turismo y el progreso para enriquecerse aún más. Como los Pieles Rojas se oponían a tales especulaciones, el Hombre Blanco hizo gala de su inmenso poder y les envió al séptimo de caballería para darles un buen escarmiento. Si no vendían por las buenas, venderían por las malas.
La caballería realizó una buena escabechina y el Hombre Blanco se salió con la suya, como de costumbre. Grandes rascacielos fueron construidos en mitad de las praderas donde cazaban los indios. Así las cosas, a estos no les quedó más opción que agruparse en reservas y solicitar del gobierno la denominación de «especie en vías de extinción». Para cuando les llegó dicha calificación, dada la lentitud con que trabajaba el gobierno, ya se habían extinguido sin remedio.

Los Hijos de los Bares del Sur



A bordo del velero «El Cirio de San Pancracio» los días se hacían interminables. El capitán reunió a la tripulación y les ordenó:
—A ver si me hacéis los días más cortos, porque a este paso nunca veremos tierra.
—Pero... capitán, si hacemos los días más cortos, envejeceremos más rápido y, además de la pata de palo, te saldrán patas de gallo y se nos llenará la cara de arrugas.
—Coño, tienes razón, «Bribón»; pero hemos de atracar con prontitud: nos estamos quedando sin provisiones.
—Yo propongo que atraquemos una joyería —gritó un exaltado.
—Yo propongo que atraquemos una zapatería —propuso otro.
El capitán, extrañado, requirió una explicación:
—Atracar una joyería me parece una buena idea; pero, ¿cual es el motivo para atracar una zapatería?
—Porque en la zapatería encontraremos, sin duda, un buen botín.
—¡Hostia, qué chiste más malo! Que le den cien latigazos.
—Qué poca gracia tiene el tío ese —comentó un marinero a otro.
—Lo que pasa es que es masoquista y ya no sabe qué hacer para que lo azoten —le explicó un colega.
Como el barco era una sociedad cooperativa y se gobernaba bajo un régimen democrático de adelgazamiento, sometieron a votación la propuesta de atracar una joyería para proveerse de fondos. La propuesta fue aprobada casi unánimemente con un único voto en contra: el del masoquista, que seguía insistiendo:
—Yo «boto» por la zapatería.
—Ya me tiene harto el payaso este —gritó el capitán—. Que lo echen a los tiburones.
Y, sin más miramientos, lo lanzaron al agua para que fuera pasto de las temibles reses marinas. Mientras un tiburón le masticaba un tobillo, el masoquista gritaba agitando los brazos de forma amanerada:
—Así, ladrón, así. ¡Cómeme todita! ¡Qué guuuuusto, madre!
Pero no pudo disfrutar demasiado de la situación porque otro escuálido, que hacía meses que no comía —de ahí lo de escuálido—, le arrancó la cabeza de una dentellada y le devoró las entrañas y las conocidas mientras mantenía una dura pugna contra sus congéneres para no perder la presa. Mientras eructaba, satisfecho por el almuerzo, del interior de su estómago salió una voz lastimosa que decía:
—Brutote, más que brutote.
La nave, inmediatamente, puso rumbo a las «Natillas Holandesas», que eran unas islas caribeñas muy apetecibles para el gusto de aquellos hombres depravados: lobos de mar, besugos de tierra y pájaros de mal agüero. Allí donde llegaban, eran temidos por sus crueles ejercicios de poder y su violencia gratuita y libre de impuestos. Mataban a los hombres y a los no tan hombres, violaban a las mujeres y a las cabras y se comían a los niños y a las niñas como si fueran tiernos lechones, asados.
Regaban, abundantemente, los infantiles banquetes, con su bebida favorita: el ron. «Ron Quido, el ron de los muy ronqueros» y «los viejos ronqueros nunca mueren», rezaba la publicidad en la sacristía. La publicidad era muy cara, pero muy beata —mejor será que cuide un poco el estilo literario no vaya a ser que acabe yo también siendo aperitivo de los tiburones—. También había un anuncio de la Dirección General de Tráfico Marítimo que decía: «Si bebes, no navegues».
Aquellos hombres eran unos desalmados. Se les conocía por todo el mundo como «piratas» porque, en cuanto llegaba la Justicia, se piraban cagando leches. La Justicia era alérgica a las diarreas y no tenía más remedio que dejarlos escapar. A pesar de ser unos escapados no se puede decir de ellos que no tuvieran agallas. Sin duda, eran los tíos más valientes y arriesgados de todo el Pacífico, que por aquel entonces se llamaba «Peleón».
Al llegar a las «Natillas Holandesas» descubrieron que se habían acabado los postres, lo cual les puso de muy mal humor y durante una semana completa no hicieron otra cosa que saquear la villa. Organizaron una orgía y un gran alboroto. Se corrían —y nunca mejor dicho— unas juergas de padre y muy señor mío y agarraban unas borracheras impresionantes.
Cuando, por fin, se hubieron divertido de lo lindo a pesar de ser tan feos, se dirigieron, haciendo eses y haches intercaladas —por el alcohol—, hacia la joyería del poblado, con la intención de atracarla y hacerse con el botín.
—Manos arriba, esto es un atraco —gritó el capitán mientras irrumpía en el establecimiento rompiendo la delgada puerta de una patada—. Vamos, echa todas las joyas que tengas en ese cofre o lo pagarás con la vida.
—Perdón, señor —dijo el dependiente, tembloroso—, creo que estáis en un lamentable error. Esto es una bollería, y yo soy el panadero.
—Por mil demonios —exclamó el capitán—... ¡Qué fallo más gordo! —Y de un tiro en la frente hizo morder las tablas del suelo al comerciante—. Mejor no darle la oportunidad de contarlo... ¡Menudo pitorreo...!
Al marinero «Lupas» no lo mató porque era el único que sabía leer:
—La próxima vez que te equivoques, te cuelgo del palo mayor.
—Pero, capitán, un fallo lo tiene cualquiera.
—Anda, anda —le recriminó mientras lo echaba fuera de la tienda de un cogotazo—, ¡mira que confundir «joyería» con «bollería»...!
El marinero salió despedido, sin derecho a subsidio y con un tremendo impulso, fuera del establecimiento, entre las risotadas de todos los concurrentes y sin currentes.
—En marcha, bucaneros. No perdamos más el tiempo.
Y tanto que perdieron el tiempo: cuando llegaron, la joyería ya estaba cerrada a cal y canto. La puerta no era como la de la bollería, ni mucho menos; debía tener, al menos, medio metro de grosor, por el ruido sordo que hacía al golpearla. Era maciza como una mulatona caribeña.
—¿Qué hacemos ahora, capitán? —Preguntó el atontado de turno mientras alguien, detrás suyo, murmuraba: «Se ha colado, era mi turno.»
—A ver... Dejadme pensar... —Y media hora después—: ¡Ya está! Haremos salir al joyero con cualquier pretexto y, una vez en nuestras manos, le amenazamos de muerte si no nos entrega toda su mercancía.
—Qué buena idea, capitán. No cabe duda de que eres un gran estratega.
—Calla, pelota. ¿Cómo te van a caber dudas con un cerebro tan pequeño?
El capitán empezó a aporrear la puerta de la joyería con urgencia:
—Ah, de la casa... ¿Hay alguien?
—No contestan, capitán.
—Calla, estúpido... Ah, de la casaaaa...
Una ventana, en el piso de arriba, se abrió, y apareció en ella la bella imagen de una mujer joven, de espectaculares formas curvilíneas, que provocó un gran alboroto entre la facinerosa multitud congregada frente a la tienda. Debía tratarse de la hija del joyero.
—¡Hostia, macho, vaya gachí!
—¡Tía buena, maciza, jamona!
—¡Ven p’acá, reina, que te quiero hincar el diente!
—Pues yo quiero hincarle otra cosa...
—¡Vaya par de tetas! ¡Si no te tas quieta, no dejarán de brincar!
—Silencio, coño —se impuso el capitán, demostrando a aquel pimpollo quién era el que mandaba allí. Los silbidos y alaridos cesaron al instante y éste tuvo que buscarse otro empleo.
—¿Qué os trae por aquí, forasteros?
Las palabras de aquella hermosura animaron de nuevo el cotarro y se produjo un cuchicheo de murmullos: su voz había sonado grave y ronca como un trueno.
—¡Coño, esta tía bebe más ron que nosotros!
—O fuma más que Santiago Carrillo.
—Escuchad, bella señora —habló el capitán—. Vamos de invitados a una gran boda y queremos comprar algunas alhajas para la novia.
—Por vuestro aspecto, más parece que vengáis de una orgía que vayáis a una boda.
—En realidad venimos de la despedida de soltero del novio. Por favor, disculpad nuestro aspecto y abridnos para que podamos elegir las mejores galas para la novia.
—Ya está cerrado. Volved mañana a primera hora y seréis bien atendidos.
—Se trata de una emergencia, hermosa dama. Mañana temprano hemos de zarpar hacia la isla de Trinidad, donde tendrá lugar la ceremonia, y allí no hay centros comerciales ni joyerías.
La maciza quedó pensativa unos instantes, indecisa. El capitán, para influirla en su decisión, le mostró una gran bolsa llena de monedas de oro y la hizo sonar.
—Os pagaremos muy bien la molestia, linda señora.
—Está bien —accedió aquel prototipo de hembra—. Enseguida bajo a abriros.
Los piratas comenzaron a saltar de júbilo y el capitán tuvo que calmarlos repartiendo unas infusiones de tila. Por fin, la puerta de la joyería se abrió y los hombres cejaron el tumulto. Las puertas quedaron de par en par, pero el interior permanecía sombrío y no se veía a nadie dentro. El capitán meditaba pensativo con la mosca detrás de la oreja, atraida por la roña, cuando los hombres se abalanzaron, antorchas en mano, hacia el interior de la joyería.
—Vamos a enseñarle a esa palomita lo que es un hombre.
—Eso, eso, a por ella.
Los hombres irrumpieron en la estancia y la luz de las antorchas iluminó, con vivos destellos, las joyas expuestas en las vitrinas. Quedaron absortos ante la contemplación de tan deslumbrante espectáculo. De pronto, la puerta se cerró a sus espaldas, con un gran cerrojazo, atrayendo la atención de todos.
Allí, flanqueando la entrada, de pie, con las piernas ligeramente flexionadas, estaba la tía imponente que momentos antes les hablara desde la ventana superior y que ahora sostenía entre sus manos una impresionante y pesada arma, parecida a un gigantesco fusil que ellos nunca habían visto con anterioridad. Atónitos, boquiabiertos, contemplaban con estupor el increíble calibre del cañón que les apuntaba.
—Cooooño —acertó a decir uno.
Súbitamente, aquella boca metálica empezó a escupir proyectiles sin descanso con un tableteo ensordecedor mientras la tiarrona desplazaba el arma en un movimiento suave de barrido y aquellas depravadas sanguijuelas iban cayendo, uno a uno, entre alaridos de dolor y de pánico, ante el inmenso poder de tan aniquiladora arma.
Varios minutos después, los hombres yacían en el suelo, amontonados de forma caprichosa, mientras una vaporosa nube de humo, producida por la pólvora, flotaba sobre sus cuerpos inertes. La amazona lanzó el arma sobre el montón de carne, ésta rebotó sobre las costillas de un cuerpo y fue a parar al suelo mientras la moza arrancaba con la mano izquierda su larga cabellera rubia, dejando al descubierto un pelo moreno cortado meticulosamente en reducidas dimensiones.
De debajo del mostrador emergió un tipo alto y delgado, enfundado en una gabardina de color caqui. Una llamativa boina verde cubría su cabeza.
—Buen trabajo, Rambo.
—Gaciaz, cheñó, gñ.
Mientras tanto, el capitán, que se había quedado fuera, ponía leguas de por medio, dejando en el aire un asqueroso olor a calzoncillos sucios.

La «Sangrada» Familia

José Palomares Pardillo regentaba una tienda de bricolage en la ciudad Palestina de Nazaret. Los arbitrios futboleros de la declaración por módulos eran tan caros que le abrumaban. Se veía, por ello, obligado a cobrar dinero negro, amarillo y moteado por algunas de sus chapuzas, para poder pagar el alquiler a fin de mes. De no hacerlo así, el casero, que era uno de los arbitrios futboleros que siempre pitaba a favor de su equipo, les pondría de putitas en la pata calle, y José con minifalda estaba horroroso.
La situación era tan precaria que su esposa, María Inmaculada Doncella Impoluta, también se veía obligada a contribuir al desarrollo de la economía familiar vendiendo a domicilio los prestigiosos productos, cocientes y restos de la afamada casa Avión. Llevaban poco tiempo casados y ya empezaban a arrepentirse con tanta penuria y dificultades como pasaban.
—Si al menos nos tocaran los ciegos –decía María desconsolada.
—¿Es que no tienes bastante con tu Pepe? ¿Acaso no te manoseo yo lo suficiente? –Se indignaba José.
—No, si yo me refería al cuponazo ese del copón.
Tal era la desesperación de María, que un día, mientras José trabajaba en la tienda, construyendo una galera a base de mondadientes, decidió que ya había sufrido bastante y abrió la espita del gas dispuesta a meter la cabeza dentro del horno, como hacían los domadores de cocinas; pero el gas no salía porque hacía tres meses que no pagaban y Catalana de Gases les cortó el suministro de energía y medio ambiente. En lugar de gas, un humo blanquecino brotó de los quemadores invadiendo la estancia y materializándose en el cuerpo de un hermoso ángel de alas resplandecientes y cabellos dorados.
En cuanto María se fijó en su cabellera, corrió al cajón de la mesa de la cocina, sacó unas tijeras de cortar pollo y empezó a pegarle trasquilones hasta dejarlo más pelón que el famoso caramelo empalado. El ángel no cesaba de repetir entre sollozos: «mis ricitos, mis ricitos», mientras que María por su parte gritaba loca de contento mientras guardaba los rizos áureos en una taleguilla que usaba para ir a la panadería a por tabaco: «¡qué bien, por fin podré comprarme la lavadora automática con estos rizos de oro!».
—No seas tan materialista que estoy aquí por un asunto mucho más transcendental que los simples bienes mundanos: vengo a hacerte un importante anuncio.
María salió corriendo, a toda prisa, hacia el cuarto de baño.
—Pero, ¿dónde vas, desgraciada? ¡Que me dejas con la palabra en la boca!
—Perdón, es por la costumbre: yo, siempre que vienen los anuncios, aprovecho para ir al cuarto de baño a evacuar mis aguas menores. Si no, luego pierdo el hilo de los culebrones y me desespero porque no puedo pegar la hebra con las vecinas.
—Yo sí que estoy desesperado... y eso que sólo llevo aquí dos minutos. ¡Pero qué encarguitos me manda el Hacedor! He venido a hacerte un anuncio, pero no un anuncio comercial sino a darte una buena nueva.
—Ah! Tú eres el presentador del Telediario.
—No, hija, no. Yo soy el arcángel Gabriel y he venido para anunciarte la llegada del Mesías. –Y con voz impersonal añadió– : Por vía uno, andén tercero, va a efectuar su entrada el Mesías (dentro de algunos días). Tiene parada en todas las estaciones y apeaderos y viene a redimir al género humano de sus pecados.
—Y, a mí, ¿qué me importa eso?
—Tú serás quien lo engendrarás, y lo llevarás en tu vientre hasta el día de su nacimiento.
—¿Yo? ¿Preñada? ¡Pero si mi Pepe es más impotente que Matusalén!
—No será José quien te fecunde, tu concepción será por obra y gracia del Espíritu Santo.
—Sí que tiene gracia, sí. Bueno, ya me tienes más que harta. Ya te estás largando de aquí con viento fresco, que me tienes hasta las narices con tanta tontería.
Y dicho esto empezó a sacudirle con una escoba hasta que se convirtió en polvo de nuevo y salió huyendo, como alma que lleva el diablo, por entre las rendijas del extractor de humos.
María cogió su muestrario de productos, cocientes y restos Avión y salió a la calle dispuesta a ganarse el sostén, que tenía ya las glándulas mamarias muy caídas. Su primer cliente de la tarde fue un hombre muy amable y distinguido, pues tenía un lunar fosforescente en la nariz que se distinguía a media legua. Este hombre tan relamido (al tener media legua tenía que lamer dos veces), después de mostrarse dispuesto a comprarle una loción para después del afeitado en supositorios, la invitó a tomar un té con pastas. María accedió encantada, pues todo lo que fuera llevarse algo a la boca era bien recibido.
La pobre María no sabía lo que le esperaba: el cliente resultó ser un maníaco pervertido que aprovechó las necesidades de sed y alimento de María para acosarla sexualmente, violarla sexualmente y embarazarla, naturalmente.
—Pero, por Dios, ¿qué me hace usted?
—Eso, eso. Por Dios, y en el nombre del Espíritu Santo, yo te inauguro y te vuelvo a meter el puro.
—¡Dios mío! Luego era verdad lo que dijo el arcángel.
—Así es, palomita. Te voy a hacer un hijo que será el redentor y salvador del mundo cristiano. Y a propósito de ano...
—No, por favor, ¡que tengo almorranaaaayyyy!
La pobre María sufrió toda clase de vejaciones y jovenciones durante varias horas seguidas, seguidas por un detective privado, como el WC. El Espíritu Santo estaba hecho un verdadero semental. Más tarde, mientras echaban el pitillo:
—¿Y qué le diré a mi marido? Se sorprenderá cuando me vea el bombo.
—Dile que se ha obrado en tu cuerpo un milagro divino de Valdepeñas: la concepción, sin pescado ni marisco, del hijo del hombre, el salvador de las almas fieles, el rey de los cristianos.
—¿Y tragará?
¡Qué iba a tragar! Era cornudo pero no gilipollas. Después de pegarle una buena zurra a su mujer, por zorra, imploró a Dios, que estaba en las alturas, como de costumbre, y le expresó sus quejas.
—Señor, mi mujer me la ha pegado con otro.
—Y tú le has pegado a ella, insensato. Si pierde a la criatura, mi venganza será terrible.
—Pero, ¿es que os ponéis de parte de esta adúltera, Señor?
—Indudablemente. Todo esto es obra mía. Debido a tu impotencia crónica copulativa María no podía concebir hijos. Es por ello que decidí hacer una fecundación in vitro con mi propio semen a través del Espíritu Santo. Si todo sale bien espero conseguir el premio Nobel antes de jubilarme de júbilo.
—¿Y qué pinto yo en esta historia?
—Tú serás el impotente cornudo que se hará cargo de la educación del pequeño hasta que éste adquiera la edad y los conocimientos necesarios para predicar mi doctrina por todo el mundo. Su misión será difundir mi Verdad, crear una institución religiosa, abrir sucursales y vender Biblias a domicilio como churros.
Cuando ya estaba próximo el nacimiento del redentor, José y María tuvieron que salir cagando leches de Nazaret: Hacienda había descubierto el fraude de la tienda de bricolage y el pretor Carlus Solchagum Melaspagarás les perseguía para «pretarles» las tuercas, como buen pretor que era.
Fueron a refugiarse en un pesebre abandonado que encontraron en una ciudad que se llamaba como mi prima: Belén. Allí permanecieron varios días esperando el nacimiento de la criatura, mientras María buscaba un nombre que ponerle y José se dedicaba a satisfacer todos sus antojos, también llamados prismáticos o catalejos.
Por fin María rompió aguas… ¿o fue Moisés? El pesebre, a pesar de ser gratis y estar exento de contribución territorial urbana, era muy frío y húmedo; por eso en cuanto el pequeño asomó la cabeza entre las piernas de su madre empezó a estornudar convulsivamente.
—¡Jesús! –Dijo la madre.– Ya está, le llamaremos Jesús. ¡Qué buena idea!
Unos pastores que pasaban por allí, alertados por los estornudos, se acercaron para ofrecerles unas hojas de menta y eucalipto para que le hicieran unas infusiones, que ellos tenían que madrugar y querían dormir tranquilos. ¡Pues lo tenían claro! porque un ejercito de angelitos comenzó a bajar de los cielos tocando toda clase de instrumentos de viento, cuerda y percusión. Cornetas, arpas y timbales para celebrar la llegada del niño Dios. Estuvieron armando gresca, desarmándola de nuevo, volviéndola a armar y comiendo polvorones hasta las cinco de la madrugada, lo que puso de muy mala leche a los pastores y, sobre todo, al rebaño, que era un grupo de ovejas muy limpias que se bañaban y rebañaban cada tres cuartos de hora.
Días más tarde, guiados por una estrella del music-hall que tenía unos pechos firmes y disciplinados, se presentaron los tres Reyes Majos (Robert Redford, Paul Newman y Sidney Poitier) para hacerle unas ofrendas que habían comprado en el rastro mientras viajaban disfrazados para no dejar rastro de su rostro: Oro, del que cagó el moro, después de padecer estreñimiento durante tres meses; incienso, luego existo y birra Kronenburg en litronas de a litro.
Cuando el rey Herodes Tejodes Malauva, soberano del reino, conoció la noticia del nacimiento del nuevo rey, que corría de boca en boca a punto de batir el record del mundo, pilló un CABREO mayúsculo y emitió un bando gutural en el que mandaba ejecutar a todos los recién nacidos, ya fueran niños o ancianos, para evitar la competencia des-Real. José y María, alertados por el arcángel Gabriel, que se presentó con una peluca monísima para advertirles sobre las malvadas intenciones de Herodes, salieron huyendo (u viniendo, según se mire) con rumbo desconocido, hacia Egipto, luego pienso, compuesto, para gallinas.
Y colorín colorado, si no es rojo, es encarnado. ¡Vaya trola te he contado!


Esta historia no pretende ser irreverente, sólo desmitificar el «milagriiito». Cualquier parecido con la realidad es pura barbaridad.



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